jueves, 25 de marzo de 2010
En el sur
Todo lo que yo decía estaba mal. "Yo me quiero morir en el sur", largué y mi mamá pegó un grito. "No, no aplastada por un camión, me refiero a que quiero envejecer y tener una muerte tranquila. En el sur." Después me recité un par de monólogos sobre mis aspiraciones y mencioné palabras como serpiente, iguana, tortuga, conejo, gato, setter, dálmata, te acordás del perro de mar del plata, federico se llamaba, qué hermoso que era, sí, uno así, y te acordás de cleopatra, sí, qué linda que era y qué lástima que se tuvo que morir así, y más palabras como viaje, mochileros, sur, pueblos, provincias, país. No sé si les gustó mucho, porque todo estaba mal, pero a mí me sigue gustando.
Miércoles por la tarde
"¡Ella es de las mías, no usa zapatillas feas!", dijo una señorita, muy alta y extrovertida, cuando me vio llegar con mis nike (que a pesar de ser nike no son muy aptas para el deporte). Una muchacha joven, pensé, algo que supera mis expectativas. El instructor, vaya sorpresa, era de Belice, hablaba un inglés muy peculiar y era negro, ¡negro! Eso sí que no me lo hubiera esperado en mis sueños más desaforados, eso sí que superaba con creces mis expectativas, porque no estaba para nada entre mis expectativas (no hice una lista de Expectativas sobre mi primera clase de cricket pero si la hubiera hecho no se me habría ocurrido incluir un ítem tan exótico y tentador como instructor afroamericano). El cricket, aprendí, es bastante parecido al baseball.
La hora se pasó rápido, rapidísimo, ni transpiré. Y entonces, back in the grupito, out of the blue and way beyond belief:
"Sofi, nos averiguás qué tenemos que hacer para empezar nosotras también?"
La hora se pasó rápido, rapidísimo, ni transpiré. Y entonces, back in the grupito, out of the blue and way beyond belief:
"Sofi, nos averiguás qué tenemos que hacer para empezar nosotras también?"
miércoles, 24 de marzo de 2010
Duchess (and my mom's bleeding)
Me pidió que la sostuviera para ponerle la pipeta y obedecí. Mi gata estaba tranquila y ausente como siempre cuando mi mamá se dio cuenta de que le había puesto la pipeta para perro (la caja reposaba chistosa al lado nuestro, con una foto bien grande de un perro, sí, má, un perro) pero ya era demasiado tarde, y entonces mi mamá le frotó una servilleta para intentar secarla. Consulté las indicaciones y por un momento no pareció haber ninguna señal de que nuestro percance hubiera sido tan grave, pero entonces, así de simple y de terrible (cuanto más simple más terrible) apareció de la nada una sola línea que rezaba en negrita y mayúsculas "no utilizar en felinos". Mi mamá llamó al veterinario y él nos dijo qué hacer. "¿Y qué le puede pasar?" "Se puede intoxicar." En el baño, tres personas y un gato, pequeño, peludo e insignificante animal doméstico, las tres personas luchando (en verdad luchaban ellos dos mientras yo miraba y gemía cosas sin sentido) y el animal repartiendo zarpazos de lo más retorcidos y brutales, al compás de su llanto lastimero (no era un maullido, era un llanto, más humano que felino, pero más otra cosa que humano). Yo dejé caer abundante el detergente y luego recurrí a un algodón con alcohol, y después ella se echó a correr. A mi mamá le sangraban los brazos.
domingo, 21 de marzo de 2010
Una oración muy larga
Lo dije antes y lo vuelvo a reiterar, soy peligrosa, lo sé, es decir que soy peligrosa y que lo sé, y eso me hace más peligrosa todavía porque me estoy dando cuenta de que ya no me importa tanto ser peligrosa, y acá estoy, casi siete de la mañana descubriendo que quizás ya no me importa en lo absoluto, y me está por explotar la cabeza pero no importa, sigo escuchando música, sigo viendo fotos, sigo leyendo mis propias cosas, sigo buceando, sigo escribiendo y escribiendo un poco más, sigo, sigo simple e indefinidamente, y se escuchan voces de hombres de fondo y me duele el cerebro, y se escuchan mis recuerdos de fondo y me duelen los dedos pero no importa, porque acá estoy, diciendo cosas porque sí cuando no tengo nada que decir.
sábado, 20 de marzo de 2010
La vida es cuento (o la historia de un miedo)
Era una casa muy grande y espaciosa que habían comprado en mal estado con la intención de remodelarla de acuerdo a sus expectativas más audaces, pero estaba sin terminar. Cualquier adulto sentiría frustración de tener que lidiar con la ardua tarea de hacerse cargo de semejante titán, pero cualquier niño pensaría que no se trataba sino de un detalle menor, y más de un niño sencillamente no pensaría nada. En efecto los niños se divertían mucho, y repartían su diversión por todos los rincones de la casa.
Una noche, que podría haber sido cualquier otra noche, la niña se encontró de nuevo pensante e insomne y vio con asombro que la luz del baño se prendía, y que no había nadie allí que la pudiese haber prendido. Una noche, que también podría haber sido cualquier otra noche pero que probablemente no fue la misma noche porque ésta no tiene por qué ser la historia de un par de extraordinarias coincidencias, la niña vio en sueños cómo Jorge Guinzburg entraba con una banda de ladrones a robar a su casa. Por años la niña recordaría su bigote y la cara lozana detrás de aquel bigote, su silueta menuda y gordinflona detrás del vidrio de la puerta, el instante, congelado y ardiendo, inmediatamente previo a todo lo que viene después.
La otra era una casa más pequeña y menos espaciosa pero no había que terminarla, por lo que cualquier adulto se sentiría a gusto y tranquilo pero cualquier adolescente habría encontrado las habitaciones demasiado estrechas, y en efecto así lo eran.
La joven no llevó la cuenta de las muchas noches que la sorprendieron en su estrecha habitación nueva pensante e insomne como antaño, pero en efecto las noches fueron muchas. Los senderos de su mente la llevarían en ocasiones muy lejos, demasiado lejos hasta perderse en un remolino afiebrado de imágenes confusas, rostros macabros, carcajadas sombrías, lúgubre penumbra de sus lugares oníricos más privados. De pronto el temblor de las hojas tiernas de la enredadera, el lamento de un gato desvalido o la canción nocturna del viento la harían crujir y su corazón galopante se sumergiría en conjeturas sin fundamento que le inyectaban irracionales escalofríos de miedo en la espalda.
La cocina era más bien grande y considerablemente cómoda, especialmente encantadora en las mañanas y más especialmente cuando se estaba en soledad. La joven muchacha apreciaba mucho los momentos de soledad, la luz temprana que entraba por la ventana, la firme, enorme mesa de algarrobo. El sonido furioso del timbre le erizó un poco los pelos aquella mañana, que ya no podría ser ninguna otra mañana sino ésa, y por un momento su mente no pensó en nada. Un segundo timbrazo atravesó como un cuchillo el aire, esta vez su cerebro maquinando a todo vapor, y ella se percató de su corazón empezando a galopar sin retorno, agitado y asustado una vez más como en cada noche insomne, como sus ojos prendiéndose sin remedio de ese bigote, de ese rostro rubicundo y afable detrás del vidrio, agitado y asustado, como tanteando el pánico de aquel momento, congelado y ardiendo, previo a todo lo que vino después.
Una noche, que podría haber sido cualquier otra noche, la niña se encontró de nuevo pensante e insomne y vio con asombro que la luz del baño se prendía, y que no había nadie allí que la pudiese haber prendido. Una noche, que también podría haber sido cualquier otra noche pero que probablemente no fue la misma noche porque ésta no tiene por qué ser la historia de un par de extraordinarias coincidencias, la niña vio en sueños cómo Jorge Guinzburg entraba con una banda de ladrones a robar a su casa. Por años la niña recordaría su bigote y la cara lozana detrás de aquel bigote, su silueta menuda y gordinflona detrás del vidrio de la puerta, el instante, congelado y ardiendo, inmediatamente previo a todo lo que viene después.
La otra era una casa más pequeña y menos espaciosa pero no había que terminarla, por lo que cualquier adulto se sentiría a gusto y tranquilo pero cualquier adolescente habría encontrado las habitaciones demasiado estrechas, y en efecto así lo eran.
La joven no llevó la cuenta de las muchas noches que la sorprendieron en su estrecha habitación nueva pensante e insomne como antaño, pero en efecto las noches fueron muchas. Los senderos de su mente la llevarían en ocasiones muy lejos, demasiado lejos hasta perderse en un remolino afiebrado de imágenes confusas, rostros macabros, carcajadas sombrías, lúgubre penumbra de sus lugares oníricos más privados. De pronto el temblor de las hojas tiernas de la enredadera, el lamento de un gato desvalido o la canción nocturna del viento la harían crujir y su corazón galopante se sumergiría en conjeturas sin fundamento que le inyectaban irracionales escalofríos de miedo en la espalda.
La cocina era más bien grande y considerablemente cómoda, especialmente encantadora en las mañanas y más especialmente cuando se estaba en soledad. La joven muchacha apreciaba mucho los momentos de soledad, la luz temprana que entraba por la ventana, la firme, enorme mesa de algarrobo. El sonido furioso del timbre le erizó un poco los pelos aquella mañana, que ya no podría ser ninguna otra mañana sino ésa, y por un momento su mente no pensó en nada. Un segundo timbrazo atravesó como un cuchillo el aire, esta vez su cerebro maquinando a todo vapor, y ella se percató de su corazón empezando a galopar sin retorno, agitado y asustado una vez más como en cada noche insomne, como sus ojos prendiéndose sin remedio de ese bigote, de ese rostro rubicundo y afable detrás del vidrio, agitado y asustado, como tanteando el pánico de aquel momento, congelado y ardiendo, previo a todo lo que vino después.
Llovía en Rosario y lloré
Sos una ciudad linda, muy linda, lástima que no puedas ser mía. Pero así abajo de la lluvia como ahora, toda gris y pegoteada, la gente apenas un murmullo y yo una sombra, me parece que te pertenezco más que nunca. Trato de no asesinar a nadie con mi paraguas, el repiqueteo de las gotas y del asfalto tranquilo y triste, los árboles más y más se ven como el recuerdo de un recuerdo que tuve alguna vez. Mis pies breves, vacíos si no los suceden más pies, son como las palabras de un cuento, que habla de vos y de tus calles.
viernes, 19 de marzo de 2010
Y Anahí, al fin
Regresaste y me trajiste un recorte de diario con la foto bien grande de los integrantes de Franz Ferdinand, y yo no pude ir a ver a Franz Ferdinand y vos no podés ir a ver a los Guns ni a lo que queda de ellos y yo espero romper el maleficio con BB King y su bella Lucille. Yo me tomo un agua y vos te tomás una sprite y el aire acondicionado se podría poner un poco las pilas y yo te divido al mundo en dos grandes grupos, o más bien en un grupo muy grande y en uno muy pequeño, el pequeño grupo del que querría ser parte pero en el cual soy como una inmigrante sin papeles y el gran grupo en el que se amontona todo el resto de la humanidad (que me tiene sin cuidado) y al cual francamente tampoco me siento pertenecer. Te digo que soy como una mosca revoloteando por todos lados. Te digo que no quiero más la mierda introspectiva, la cosa autorreferencial del blog, que quiero escribir como antes, que vuelva mi inspiración. Vos me acompañás a una joyería a preguntar si venden relojes de bolsillo, pero apenas si saben de lo que les estamos hablando, y seguro que cuando encuentre uno va a ser muy caro.
miércoles, 17 de marzo de 2010
La tía cuerda y la escribidora
Mi tía no me lo dijo. Yo no fui nunca el objeto indirecto del núcleo verbal de la construcción gramatical, o el destinatario de su enunciado si nos ponemos marxistas, pero sí el destinatario del enunciado de alguien que fue a su vez el destinatario del enunciado de ella. En fin. Mi tía dijo cuando yo era chica que, por mirar tantas películas de terror, me iba a volver loca y un día iba a agarrar un cuchillo e iba a matar a mi perra. Ya estoy más crecidita y no miro tantas películas de terror (porque me quedé sin clásicos y sin ganas de ir al cine), y no les voy a decir que estoy del todo cuerda porque no tengo ganas de mentir pero bueno, nunca maté a mi perra ni agarré un cuchillo con intenciones demasiado malas. Mi tía por el otro lado ha visto muy pocas películas de terror y aún así un día se le cruzaron todos los cables e intentó tirarse de un balcón. La detuvieron, por lo que no lo logró, pero tal vez sólo se mandaba la parte.
martes, 16 de marzo de 2010
Nadie se atreva (a tocar a mi vieja)
Cuando la sombra de la tarde descansa sobre nosotras y yo descanso junto a vos te miro y me pregunto, me pregunto qué haría si no te tuviera, si no tuviera más tu inmensidad y tu calor. Porque a veces me parece que el amor sólo existe en los poemas, pero vos me mostrás cuánto me equivoco. Y me enojo porque sos tan sencilla y porque estás tan cansada, y me enojo porque fumás como un murciélago y porque hablás muy fuerte. Porque no te gustan mis cosas tristes, porque a las dos nos gusta Chopin pero cuando yo te pido Debussy me decís que no. Porque cuando toco algo melancólico te vas. Y ni siquiera te ayudo a poner la mesa, porque me criaste como a una princesa en una casa de muñecas, y yo me quejo y no hago nada. Pero cuánto, cuánto me gustaría ser apenas una diminuta parte de todo lo que vos sos, y cuánto, pero cuánto te debo, mamá.
Tu lunar peludo
El sol está lindo y el monumento es igual de grande que el sol, y yo camino y subo los escalones y es temprano pero ahí estás vos, ahí te veo. El pelo suelto te queda bien y ese pañuelo te hace más linda y vos me recibís con tu alegría escandalosa y con tu lunar peludo y te ponés a hablar y hablás mucho, hablás mal. Pero qué grande, qué grande y profundo es tu dolor como para que yo lo entienda, y vos te sonás la nariz y me decís que hay cosas peores y yo me pregunto qué más te puede pasar que no te haya pasado y qué maldita cosa en el mundo podría ser peor, y sé que vos nunca, jamás me vas a comprender a mí pero qué grande, qué grande es tu dolor.
Sí, ojalá
No me importa hasta dónde llegan tus manos pero me encantaría que escarben dentro mío y revuelvan todos mis secretos.
No me importa hasta dónde llegan tus labios pero me encantaría que se hundan hasta el fondo de mi piel.
No me importan las cosas que me digas pero me encantaría que me hagas reír, llorar y reír otra vez.
No me importa si es sólo por un momento pero por un momento me encantaría que sea verdad.
No me importa hasta dónde llegan tus labios pero me encantaría que se hundan hasta el fondo de mi piel.
No me importan las cosas que me digas pero me encantaría que me hagas reír, llorar y reír otra vez.
No me importa si es sólo por un momento pero por un momento me encantaría que sea verdad.
sábado, 13 de marzo de 2010
Anahí
Anahí. ¡Anahí! No, Anahí no está, está en Pergamino y vuelve el domingo, el lunes, ya no sé, después de Pergamino no escuché más nada. Una pulsión me empuja hasta la computadora, la prendo, ruidito, ruidito, luz, ruidito, se prende, soy peligrosa, lo sé, es peligroso estar una vez más sentada acá prendiendo la computadora, quién sabe qué podría terminar haciendo. Quién sabe si no termino repitiendo los mismos malos hábitos de siempre, que hace tanto aprendí por inercia. No, no, tengo que ser fuerte, yo puedo, si me tiento con cualquier cosa que se aparte de mi camino hacia la liberación me meto rápido en google a buscar la biografía de Emir Kusturica para distraerme. Maradona, Kusturica, galletitas de agua con queso, calle mendoza, entro al local de ropa deportiva a buscar el pantalón que dejó encargado mi hermano, y sí, si no yo no me voy a meter ahí por cuenta propia, qué quieren, y escribí rápido bien rápido que así capaz que no pensás, Sofía, capaz que alguna vez dejás de pensar, sí, todos te creemos. Así fue el día, empezó a las tres de la tarde con unos ojos demasiado difíciles de abrir después de un puñado de sueños enfermos que me hacen doler la cabeza, que no recuerdo, que no quiero recordar, no sé. Teatro, teatro, quiero hacer teatro. Dónde, cuándo, con quién, cómo, cómo le digo a estos dedos holgazanes que busquen algo que valga la pena buscar. ¿Rendirme? ¿Pensé en rendirme? No, no, rendirme no, pensé en qué pasaría si me rindo y me asusté, me asusté pero después sonó mi teléfono y me tuve que ir a atender y cuando estaba charlando con mi pequeño hermano que piensa en mí desde Buenos Aires llegó mi hermosa prima y me saludó y mi tía y mi mamá que ahora hablan a los gritos y bueh.
domingo, 7 de marzo de 2010
Una semana sin alcohol (o la historia de unos pocos días que parecieron muchos más)
¿Cuántos? ¿Ocho, nueve? Bueno, ocho, nueve días que parecieron años. No, no ocho, nueve días sin alcohol, sino ocho, nueve días que parecieron años.
El umbral de todo lo que sucedió antes de los ocho, nueve días que parecieron años termina con un fin de semana hace ocho, nueve días.
Triatlón de berlín. Jueves. Anahí, luciana, laura, yo. Cervezas que van y vienen. Viernes. Pamela, carolina, yo. Pocas cervezas que van y vienen. Sábado. Soledad, yo. No, no la soledad que tanto nos hace sufrir, la muchachita de carne y hueso y pensamientos ristolertos con el mismo nombre. Ninguna cerveza. Frustración. La luna nos mira desde lo alto espléndida y radiante mientras nos vamos en el taxi quejándonos de la vida y sus vaivenes. Como para hacernos sentir apenas un poquito peor. '¡Pero qué carajo importa la luna ahora!', llorisquea sole. 'Sí, sí importa. Es todo lo que no somos.'
'Nada de remolacha, nada de papas fritas y nada de alcohol', dijo la médica que tenía un nombre que me gustaba pero que no recuerdo. Y vinieron las lágrimas sobre mi pobre almuerzo, y las tormentas en mi interior, y tirar del gatillo de mi culpa hacia la primera persona sin suerte que se apareció en el horizonte (mi mamá). Por las dudas que todo ello no alcanzara me indispuse.
El jueves me sorprende con una mañana clara, despejada y silenciosa, tranquila. No sé si fue una decisión o no, pero decidí no comer nada en todo el día. Anahí nos prestó sus oídos sensatos a mí y a mi verborragia enfermiza. Cae la noche y mi querido tim me dispersó, al tiempo que también me decepcionó (lo que ilusiona decepciona en la misma medida), con su alicia. Me despiertan los beatles en mi teléfono: 'Sofi, estoy a una cuadra de tu casa en una fiesta. ¿Querés venir?' 'Estaba durmiendo, sole.'
El viernes me agarra de los pelos con un mediodía atropellado y aturdido y un sol violento que raja mi cabeza y se cuela en mi cerebro. Decido, si es que en verdad decido algo a estas alturas, volver a no comer. Las palabras y mi manía de la significosis van y vienen estériles en un péndulo que oscila entre un teclado y una birome. La luna me ofrece la ilusión de una pequeña felicidad. El sol me la arrebata demasiado pronto.
Sábado. Dejo de mirar absorta el techo de mi casa para peregrinar por el pavimento que hierve bajo los rayos furiosos del día. Destino, mil y una librerías llenas de aire acondicionado, libros que no puedo pagar y gente pelotuda; destino último, domicilio de mi abuela. Llega mi papá. El vacío angustiante oprime mi esternón y los ojos se me llenan de tristeza, una tristeza que no tiene nombre ni dueño.
'Qué rico café, abuela, ¿es el Juan Valdez?' 'No.'
Cinco de la tarde, juli, ceci, yo. Ceci y juli escuchan, me muestran esas sonrisas que iluminan cualquiera de mis nubes y mis lluvias. Ceci dice que soy igual a Meryl Streep. Sonrío yo también (cómo no sonreír cuando alguien te dice que sos igual a Meryl Streep).
'Está riquísimo el café, abuela, ¿es el Juan Valdez?' 'No.'
Cae la noche, cena alrededor de la mesa familiar. Les cuento a los comensales que en mis ratos libres me gusta hablar sola. Mi hermano testifica: 'Sí, ya lo sé, yo te escucho cuando lo hacés.'
Sábado a la noche más entrada la noche, en la pieza de mi abuela y sobre su magnífico colchón digno de un rey, agus y yo nos volcamos a una sesión de psicoanálisis bilateral. Nos confesamos nuestras suciedades más ocultas y de a poco vamos llegando a algunas conclusiones. En mi mente aparecen las caras de las personas que en los últimos días, que parecieron años, fueron rompiendo en pedacitos mi atroz silencio, anahí, ceci, juli, agus, juan valdez, gracias, muchas gracias.
Hoy, mediodía, fideos, Nalbandian contra un sueco. 'Anoche estabas hablando sola', me delató mi hermano. '¡Sofi, me das miedo!', bromeó alguien (aunque una broma nunca es del todo una broma).
'¿Querés café, sofi? Éste sí es el Juan Valdez.'
¿Cuánto? ¿Una, dos horas? Mi hermano me interrumpió sólamente para que fuera a mirar cómo Boghossian pateaba y metía el penal. Después que lo hizo vino mi papá, nos cebó unos mates, me di cuenta de la hermosa sombra azul de la tarde que se posaba sobre nosotros. Y me volví a terminar de escribir esto. La última parte se me pasó bastante rápido.
El umbral de todo lo que sucedió antes de los ocho, nueve días que parecieron años termina con un fin de semana hace ocho, nueve días.
Triatlón de berlín. Jueves. Anahí, luciana, laura, yo. Cervezas que van y vienen. Viernes. Pamela, carolina, yo. Pocas cervezas que van y vienen. Sábado. Soledad, yo. No, no la soledad que tanto nos hace sufrir, la muchachita de carne y hueso y pensamientos ristolertos con el mismo nombre. Ninguna cerveza. Frustración. La luna nos mira desde lo alto espléndida y radiante mientras nos vamos en el taxi quejándonos de la vida y sus vaivenes. Como para hacernos sentir apenas un poquito peor. '¡Pero qué carajo importa la luna ahora!', llorisquea sole. 'Sí, sí importa. Es todo lo que no somos.'
'Nada de remolacha, nada de papas fritas y nada de alcohol', dijo la médica que tenía un nombre que me gustaba pero que no recuerdo. Y vinieron las lágrimas sobre mi pobre almuerzo, y las tormentas en mi interior, y tirar del gatillo de mi culpa hacia la primera persona sin suerte que se apareció en el horizonte (mi mamá). Por las dudas que todo ello no alcanzara me indispuse.
El jueves me sorprende con una mañana clara, despejada y silenciosa, tranquila. No sé si fue una decisión o no, pero decidí no comer nada en todo el día. Anahí nos prestó sus oídos sensatos a mí y a mi verborragia enfermiza. Cae la noche y mi querido tim me dispersó, al tiempo que también me decepcionó (lo que ilusiona decepciona en la misma medida), con su alicia. Me despiertan los beatles en mi teléfono: 'Sofi, estoy a una cuadra de tu casa en una fiesta. ¿Querés venir?' 'Estaba durmiendo, sole.'
El viernes me agarra de los pelos con un mediodía atropellado y aturdido y un sol violento que raja mi cabeza y se cuela en mi cerebro. Decido, si es que en verdad decido algo a estas alturas, volver a no comer. Las palabras y mi manía de la significosis van y vienen estériles en un péndulo que oscila entre un teclado y una birome. La luna me ofrece la ilusión de una pequeña felicidad. El sol me la arrebata demasiado pronto.
Sábado. Dejo de mirar absorta el techo de mi casa para peregrinar por el pavimento que hierve bajo los rayos furiosos del día. Destino, mil y una librerías llenas de aire acondicionado, libros que no puedo pagar y gente pelotuda; destino último, domicilio de mi abuela. Llega mi papá. El vacío angustiante oprime mi esternón y los ojos se me llenan de tristeza, una tristeza que no tiene nombre ni dueño.
'Qué rico café, abuela, ¿es el Juan Valdez?' 'No.'
Cinco de la tarde, juli, ceci, yo. Ceci y juli escuchan, me muestran esas sonrisas que iluminan cualquiera de mis nubes y mis lluvias. Ceci dice que soy igual a Meryl Streep. Sonrío yo también (cómo no sonreír cuando alguien te dice que sos igual a Meryl Streep).
'Está riquísimo el café, abuela, ¿es el Juan Valdez?' 'No.'
Cae la noche, cena alrededor de la mesa familiar. Les cuento a los comensales que en mis ratos libres me gusta hablar sola. Mi hermano testifica: 'Sí, ya lo sé, yo te escucho cuando lo hacés.'
Sábado a la noche más entrada la noche, en la pieza de mi abuela y sobre su magnífico colchón digno de un rey, agus y yo nos volcamos a una sesión de psicoanálisis bilateral. Nos confesamos nuestras suciedades más ocultas y de a poco vamos llegando a algunas conclusiones. En mi mente aparecen las caras de las personas que en los últimos días, que parecieron años, fueron rompiendo en pedacitos mi atroz silencio, anahí, ceci, juli, agus, juan valdez, gracias, muchas gracias.
Hoy, mediodía, fideos, Nalbandian contra un sueco. 'Anoche estabas hablando sola', me delató mi hermano. '¡Sofi, me das miedo!', bromeó alguien (aunque una broma nunca es del todo una broma).
'¿Querés café, sofi? Éste sí es el Juan Valdez.'
¿Cuánto? ¿Una, dos horas? Mi hermano me interrumpió sólamente para que fuera a mirar cómo Boghossian pateaba y metía el penal. Después que lo hizo vino mi papá, nos cebó unos mates, me di cuenta de la hermosa sombra azul de la tarde que se posaba sobre nosotros. Y me volví a terminar de escribir esto. La última parte se me pasó bastante rápido.
El suplicio peor con el que me desafió el día de ayer:
La lucha por alcanzar el siempre anhelado y esquivo sueño al lado del traqueteo gutural, incesante, grotesco y exasperante de los mayúsculos ronquidos de mi abuela. Y no perder los restos de cordura que me quedan en el intento.
No quiero que tiemblen mis rodillas, no quiero que se mueva el piso, no quiero un silencio inexorable, no quiero estos dos ojos cobardes, no quiero en mi pecho una prisión y adentro mi tambor insoportable, no quiero cosquillas en los pies, no quiero que se retuerza mi estómago, no quiero que otra vez se caigan las paredes y me quede yo sola, sola en el mundo y sola frente a vos, no quiero que suden mis manos, que duden mis palabras, quiero vomitarlo y escupirlo todo, mi ser, vísceras y sangre.
miércoles, 3 de marzo de 2010
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