domingo, 23 de mayo de 2010

Versos en la pared

"Un paredón y una metralleta y soy feliz", escribí yo que dijo Cacho, y así me arrancaba con uñas de la monotonía de la noche, bic negra prestada, sobre la barra de mi bar, por encargo de un mecenas que cuando digo 'mecenas' sabe muy bien que me refiero a él. " «Un paredón y una metralleta y soy feliz», dijo C", escribí y no alcancé a terminar "Cacho" que me vinieron a interrumpir.
- Yo una vez sentí que necesitaba escribir un poema para expresar lo que el río significa para mí - dijo. Los pelos desordenados del vago estaban en sintonía con los míos, su mirada firme y segura se enfrentaba con mis ojos de Bambi. -. No sabía cómo hacer para explicarle a mi amigo lo que el río y lo que ser rosarino significan para mí. Así que escribí un poema en la pared de un galpón. Vivimos en el paraíso y no nos damos cuenta, che.
Y me recitó el poema.
"¡Ahhh!", exclamé y le pedí que lo escribiera en mi libreta, el poema en serio era una cosa de otro mundo. Me regaló sólo los últimos dos versos, y renegó de tener mala letra - no sabía que su letra era perfecta, y que yo me regocijaba de ver bailar sus dedos con la birome sobre la hoja. Para prevenirme del pulso frágil pero inevitable del olvido, que borra todo a su paso, anoté su nombre. Muchacho con carne de poeta que meneaba la cabeza aquella noche cuando yo le decía que, poeta o no, tenía sin duda una vena latiendo.
No querría que le robe yo el poema, por eso no me lo escribió entero. ¡Pero yo jamás se lo habría robado! Y sin quererlo igual me lo regaló.

lunes, 17 de mayo de 2010

No fue exactamente Bernadette

El señor que me engendró entró a la librería del shopping de Pilar y se sorprendió de verme a mí, su hija, inmersa en una charla con los vendedores. "Con qué poco se levanta en una librería", exclamó con la sorna habitual cuando yo, su hija, le conté que uno de los vendedores me había contado que tenía una compañera de francés que estuvo presente en la mismísima clase en que se conocieron Jorge Luis y María, Borges y Kodama.
De todo corazón pondría mi empeño y mi alma en hacer de éste un escrito interesante, o al menos algo que se le parezca, pero se me va a hacer muy difícil si siguen sonando los compases contundentes de esa cumbia cachenguera que tiene Cristina de ringtone cada dos por tres.
Se detuvo la cumbia, prosigo. Los ojos del vendedor se pusieron como platos cuando, al disponerse él a apuntarme el nombre de un libro de Mijail Bajtin que me ayudaría en la lectura de François Rabelais, yo le dije que ya lo tenía. Ahora entonces, papá, te digo con sincero orgullo que en efecto no tengo el número de teléfono del simpático vendedor porque, en primer lugar, no intentó dármelo y, en segundo, porque si eso que no escribió quiso ser un intento de hacerlo mi sapiencia lo trastocó.
Justamente, yo estaba buscando a Rabelais, que sabe hacerse difícil de encontrar. Y cuando lo encontré no encontré la plata para pagarlo, por lo que esperé hasta que mi papá me encontró a mí hablando con los vendedores, y me alcanzó unos mangos. Y sin embargo, hasta hacía pocos minutos la espera que me retenía en la librería no se había ido diluyendo tanto en la conversación con los dos muchachitos como en la lectura caprichosa de un cuento de un escritor que lleva por nombre Charles, y de cuyo cuento osé robar hoy el nombre para caprichosa poner un título, y empezar a hablar.

domingo, 9 de mayo de 2010

Un silencio como un océano. Me quedé afónica y sospecho que fue de tanto hablar y en especial de tanto hablar de más. Basta de fábulas de humo, ruido y pocas nueces, me digo, basta de fábula. Me quedé afónica, te digo, y quizá es mejor callar.

jueves, 6 de mayo de 2010

Serás vos la paloma blanca, el recuerdo? Aeronauta fugaz como una estrella y un deseo entre las nubes y la ventana. Serás vos el saludo, el olvido? Una vela encendida en la hora eterna para que la memoria no se vaya.