¿Pero quién no escribió un cuento sobre una mina que se muere?
Qué manera de abusar del subjetivismo abstracto. ¡Qué poronga!
No fui a ver a B.B. King porque mi viejo tuvo alguna crisis que fue más importante que hacerme un favor a mí. No compré la entrada por mi cuenta porque el tiempo prefirió que liquidase mis últimos quinientos pesos en cuotas y no de un tirón.
No me lavo la cabeza porque no tengo ganas de estar limpia para los demás. En serio, no me jode chorrear grasa. La normativa de burócrata es la misma de aquellos que no son acometidos por un impulso homicida cada vez que ven una publicidad de Pantene, cada vez que ven una publicidad.
No fui a la odontóloga hoy porque destrocé el despertador contra el escritorio diez minutos antes del horario del turno estando como bajo el efecto de veinte miligramos de rivotril.
Quiero vivir desnuda. Quiero casarme con Antonio Birabent.
Quiero prender fuego cada sede administrativa y planta productiva de Procter & Gamble.
Quiero dejar el clonazepam.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Telar de vagancia existencial
¡Marioneta!
Mis hilos me pueden.
Hoy es viernes, no me gusta admitirlo. No me gusta admitir que no fui al dentista, que hiberné sentada por horas, que no soy lo suficientemente autodidacta como quisiera.
Algunos momentos de llanto y reproche a la vida me son una bisagra. Pum, todo cambió, nada es lo mismo. Pero hoy es viernes y la bisagra se quebró el jueves, y desde el jueves el tiempo no pareció pasar. Hoy parece el miércoles anterior.
¡Marioneta!
Me enredo con mis hilos.
Un, dos, tres, respirar.
No se puede seguir la pretensión de que la vida marcha en un andar de programas de televisión y tazas de café.
Ante el abismo de lo trascendente me acobijo en lo nimio. Por instantes parece que mi salvación yace en cortarme las uñas de los pies. Por instantes parece que mi felicidad se encuentra en quedarme quietita y que me ceben un mate.
¡Tanta azúcar no! ¡Tanta azúcar no!
Algunos se van al carajo. Otros nos vamos ya tan lejos pasando el carajo que no lo podemos ver más, el carajo nos es un recuerdo.
Pero no chamuyo, hay quien pone demasiada azúcar al mate.
En la clase de cierto profesor de palabras galopantes y cigarrillos fervorosos una niña me cebaba por cortesía de princesas un mate de goma color lavanda. No es que quiera profesar elegancias cromáticas, pero el objeto era de ese color. Ni celeste ni lila. Lavanda. Está bien cortar la amargura con una cucharadita de azúcar, coincido, mas el concepto implica cortar, no abastecer. La princesita volcaba una montaña de azúcar por integrante de la ronda. ¡Basta, basta! Yo no soy de Mattel.
Vale, puede que el mate no sea el cáliz de la gloria ni la receta del éxito.
¡El mate es un momento, Marioneta!
Igual que el agua calentándose en la pava cuando me pregunto si acaso me pasé; un momento, apenas. Lo que dura un caramelo, lo que dura Madame Tutli Putli, lo que dura una roñosa sesión de besuqueo en plena calle con un muchacho de dientes puntiagudos. La alegría, la calma y el mate son algo muy breve, duran diez años o una hora, parecen un minuto. Parecen durar un minuto como parecen durar los ojos verdes de él mirándome. Sus ojos hechiceros son un minuto de éxtasis y siglos de tormento. Odio estar prendada de su fantasía y su misterio.
¡Cuándo más marioneta! Cuándo más marioneta que con él.
No veo mis hilos pero los siento, me conocen. Pero los hilos no se dejan tocar, no logro agarrarlos. Me muevo según su fallo. Y me la paso hablándoles. Hilos esto, hilos lo otro. Cables, piolines, escuchen. Sé que no será éste el último viernes que parezca miércoles. Sé que faltan muchas bisagras que perder y volver a encontrar. Pero no es justo que la sanidad sucumba en dos meros ojos verdes, séanme piadosos, acepto la frustración de los corpiños sin relleno, de mis libros sin leer y el mate lavanda, pero tengan sentido común, obedezco su mandato, no riño, sólo pido no más ojos verdes, no más misterio. Hilachas queridas, no sigan permitiendo que sus directrices me acerquen siempre, pero siempre, a él.
Mis hilos me pueden.
Hoy es viernes, no me gusta admitirlo. No me gusta admitir que no fui al dentista, que hiberné sentada por horas, que no soy lo suficientemente autodidacta como quisiera.
Algunos momentos de llanto y reproche a la vida me son una bisagra. Pum, todo cambió, nada es lo mismo. Pero hoy es viernes y la bisagra se quebró el jueves, y desde el jueves el tiempo no pareció pasar. Hoy parece el miércoles anterior.
¡Marioneta!
Me enredo con mis hilos.
Un, dos, tres, respirar.
No se puede seguir la pretensión de que la vida marcha en un andar de programas de televisión y tazas de café.
Ante el abismo de lo trascendente me acobijo en lo nimio. Por instantes parece que mi salvación yace en cortarme las uñas de los pies. Por instantes parece que mi felicidad se encuentra en quedarme quietita y que me ceben un mate.
¡Tanta azúcar no! ¡Tanta azúcar no!
Algunos se van al carajo. Otros nos vamos ya tan lejos pasando el carajo que no lo podemos ver más, el carajo nos es un recuerdo.
Pero no chamuyo, hay quien pone demasiada azúcar al mate.
En la clase de cierto profesor de palabras galopantes y cigarrillos fervorosos una niña me cebaba por cortesía de princesas un mate de goma color lavanda. No es que quiera profesar elegancias cromáticas, pero el objeto era de ese color. Ni celeste ni lila. Lavanda. Está bien cortar la amargura con una cucharadita de azúcar, coincido, mas el concepto implica cortar, no abastecer. La princesita volcaba una montaña de azúcar por integrante de la ronda. ¡Basta, basta! Yo no soy de Mattel.
Vale, puede que el mate no sea el cáliz de la gloria ni la receta del éxito.
¡El mate es un momento, Marioneta!
Igual que el agua calentándose en la pava cuando me pregunto si acaso me pasé; un momento, apenas. Lo que dura un caramelo, lo que dura Madame Tutli Putli, lo que dura una roñosa sesión de besuqueo en plena calle con un muchacho de dientes puntiagudos. La alegría, la calma y el mate son algo muy breve, duran diez años o una hora, parecen un minuto. Parecen durar un minuto como parecen durar los ojos verdes de él mirándome. Sus ojos hechiceros son un minuto de éxtasis y siglos de tormento. Odio estar prendada de su fantasía y su misterio.
¡Cuándo más marioneta! Cuándo más marioneta que con él.
No veo mis hilos pero los siento, me conocen. Pero los hilos no se dejan tocar, no logro agarrarlos. Me muevo según su fallo. Y me la paso hablándoles. Hilos esto, hilos lo otro. Cables, piolines, escuchen. Sé que no será éste el último viernes que parezca miércoles. Sé que faltan muchas bisagras que perder y volver a encontrar. Pero no es justo que la sanidad sucumba en dos meros ojos verdes, séanme piadosos, acepto la frustración de los corpiños sin relleno, de mis libros sin leer y el mate lavanda, pero tengan sentido común, obedezco su mandato, no riño, sólo pido no más ojos verdes, no más misterio. Hilachas queridas, no sigan permitiendo que sus directrices me acerquen siempre, pero siempre, a él.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Especificando invisibilidades ya dadas de antemano
Un cable a la luna es un pretexto para la infantilada orgullosa de serlo. Hablo de razones manufacturadas para justificar el hábito de hacerme un nido muy calmo entre las sábanas sucias de mi cama, llenas de pelos de gato y de pulgas, siempre de madrugada, y leer las mil y una metáforas limadísimas de Lugones sobre el satélite que alumbra nuestra oscuridad.
Un cable a la luna es un pretexto para escribir la pared blanca de mi habitación con birome y que venga alguien de afuera a decirme que soy una mencha.
El sol que entra por la ventana de este onceavo piso -ya tan aludido, argh- es recuerdo de relojes y rutinas que se desempolvan y despiertan cuando la luna se terminó de esconder.
El rumor del motor de la máquina es un aviso de que estoy dejando de hacer muchas cosas, por hacer una que es el vértice y el motivo de todo el no hacer.
Una naturaleza tan aparentemente despreocupada no es sino el velo de una indiferencia preocupante y preocupada. Sumo los pequeños olvidos de mis menstruaciones, de los cumpleaños ajenos, de la ropa que usé ayer.
Caducen los propósitos de mi afán pretendidamente responsable en el arbitrio de un paseo por el parque Oliverio Girondo, cruzando la avenida Macedonio Fernández.
La longitud es una supuesta concatenación de tranquilidades.
El umbral ulterior es el desenlace de lo que nunca se va a desenredar.
La tregua con lo que dejé de hacer.
Un cable a la luna es un pretexto para escribir la pared blanca de mi habitación con birome y que venga alguien de afuera a decirme que soy una mencha.
El sol que entra por la ventana de este onceavo piso -ya tan aludido, argh- es recuerdo de relojes y rutinas que se desempolvan y despiertan cuando la luna se terminó de esconder.
El rumor del motor de la máquina es un aviso de que estoy dejando de hacer muchas cosas, por hacer una que es el vértice y el motivo de todo el no hacer.
Una naturaleza tan aparentemente despreocupada no es sino el velo de una indiferencia preocupante y preocupada. Sumo los pequeños olvidos de mis menstruaciones, de los cumpleaños ajenos, de la ropa que usé ayer.
Caducen los propósitos de mi afán pretendidamente responsable en el arbitrio de un paseo por el parque Oliverio Girondo, cruzando la avenida Macedonio Fernández.
La longitud es una supuesta concatenación de tranquilidades.
El umbral ulterior es el desenlace de lo que nunca se va a desenredar.
La tregua con lo que dejé de hacer.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Castaña tarada
Algo tan suave como Simon & Garfunkel me acaricia el oído ahora, y alguien tan descabelladamente maravilloso como Luca Prodan me dice que
mejor no hablar
de ciertas
cosas.
"La otra vez le caí con una crisis a Cristina."
"¡Ah, sí! Nos dijo. Que querés dejar la facultad."
Mi vinilo se llama Desperdiguemos nuestros problemas pelotudos en gente que pifia, y el corte de difusión es Te fuiste al carajo.
La música encarna la voluntad.
¿Quién lo dijo, Kierkegaard o Schopenhauer? Schopenhauer, definitivamente Schopenhauer.
A Cristina, como a mí, le vendría bien escuchar un poco a Prodan.
martes, 14 de septiembre de 2010
El state-of-the-art es lo que me recuerda lo muy troglodita de mi relación con la tecnología. ¡Miento! Ni siquiera. Mi naturaleza perezosa ha remado tanto contra tanta corriente que hoy hasta lo devenido en básico me es exigente. No tengo derecho a referirme al state-of-the-art, porque no tengo ni acceso a la red. Punto, punto. Ahora la crucecita.
sábado, 11 de septiembre de 2010
Comiendo cereales Nesquik de mi mano como mendigando los bocados.
Sacudiendo el rojo y el vapor de mi cara porque a mis hermanos no les gusta jugar a las Barbies, les gusta el balonpié - y pedirle peras al olmo.
Torciendo la rodilla y masticando el dolor. ¡Soy una antigüedad!
Sacudiendo el rojo y el vapor de mi cara porque a mis hermanos no les gusta jugar a las Barbies, les gusta el balonpié - y pedirle peras al olmo.
Torciendo la rodilla y masticando el dolor. ¡Soy una antigüedad!
Tenés que hacer ejercicio. No podés tener dolores de viejo.
Así hablaba el traumatólogo que me miraba en mi pose chueca y se quejaba
de la gente que agradece las operaciones exitosas a Dios.
¿Te golpeaste?
No.
¿Te despertaste alguna vez de dolor?
Eh, no.
Mis excusas pueden no ser válidas, y puedo estar de acuerdo con agradecer
a un ente más cercano
las maravillas de la curación,
pero mi madre no sufre de una rodilla caprichosa.
¿Se golpeó?
No.
¿Se despertó alguna vez de dolor?
Ehhh, no.
No se despierta porque directamente no puede dormir, Doc.
conversación entre el morrón gigante y yo.
"Sos la única que no está viendo el partido de las Leonas."
"Ah."
"Sabés cómo van?"
"Cómo."
"Ganan."
conversación entre el morrón gigante y el fosforito.
"¿Podemos ver un capítulo de Yu Gi Oh?"
"No hay internet." (mientras yo estoy chateando)
"¿Podemos jugar a la wii?"
"Sólo si me decís la raíz cuadrada de menos cuarentainueve."
Callada lubricando mis encías calladas. Contando los segundos hasta ponerme el saco y salir.
Limpiando de mi mano las migajas de lo que no quedó.
Callada lubricando mis encías calladas. Contando los segundos hasta ponerme el saco y salir.
Limpiando de mi mano las migajas de lo que no quedó.
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