sábado, 30 de octubre de 2010

Cosas que me suscitan los libros que no he leído, un par de conversaciones que tuve (ya no tan) recientemente con gente del más acá y la temperatura posmoderna de agosto

(O la consecuencia  del recuerdo fugaz  de un muchacho que me vuela los pelos  y cuyo verdadero nombre reemplazo porque no me quiero mear de vergüenza)

–La mina como que se repite mucho a sí misma. Escribe copado, en mi infundada opinión escribe muy copado, pero no sé. Habla un personaje, y habla igual que el narrador. Eso mucho no me va. –me refería yo a una latinoamericana con bastante de frívola que demasiada gente conoce demasiado bien.
–¿Y si es a propósito? –Martín le entraba un poco más al tinto y me miró con una chispa en los ojos, un impulso de agudeza le surge todo el tiempo por más frula que arrastre en su mirada lenta, en el temblor de sus manos. Martín es alguien en cuyo abrazo me dejaría caer con pompa a lo Vivien Leigh.
Atravesado por la óptica durísima de lo objetivo, lo que dije era bastante burro. Martín sonreía traicionero, distraído. Me rascaba la suciedad de las uñas mirando una pelusa en su camisa a cuadros y fingí no pensar en lo que había dicho, y sí, lo que yo sostenía era bastante burro.

Una burrada en el montón, la Burrada se pone numerosísimas máscaras, se disfraza de miopía. En efecto tengo Burrada y tengo miopía, también tengo un capricho con alguien, Martín, pero es mi amigo, no da, tengo caprichito y no tengo lentes con la graduación justa, tengo los anteojos rotos, vista limitada y una ventana enorme en mi pieza que da al patio, por la cual sería hermoso ver la nitidez puntillosa del cuerpo de las plantas, iluminadas por el sol, mas no. Sería hermoso que estuviese Martín. 
¡Pero cortando con el susodicho, carajo!

Pensaré en algo feo que me haga olvidar. Pensaré muchas cositas arbitrarias, no lloraré mi miopía.

¿Cuánto hace que no te ejercitás? Admitilo, eras desastrosa en gimnasia en el colegio, timorata entre las adolescentes sudorosas galopando como indio en el malón, te daba miedo ver una pelota. Ya pasaron dos años, chica lánguida que duerme poco, las cosas no pueden haber cambiado demasiado para bien.

Mayonesa, pensá. Desde la época en que tenías pequeñísimos bucles y medías lo que un ficus no te gustó nunca la mayonesa.
Pan con mayonesa.
Palmitos con mayonesa.
Alcachofa con palmitos con mayonesa con un sorongo.

Me rajé en el tren del sinsentido, disculpe. Sigo siendo miope.

La histeria de mujer frustrada invita lo innecesario, el desatino, me pongo pesada. Casi tanto como lo sería morfarme ahora mismo un chocolate, toda esta pelota es bien cliché. ¡Me la vuelo con él! No quieran extirpármelo, mi cliché es un apéndice al final de un intestino de cosas, al final de los libros, el calendario y la mofada, innecesario y precioso. Podría hablar de Martín, revelar su identidad, no sorprendería mucho a nadie, podría transcribir de forma más veraz la conversación, también puedo poner media pila y hacerme lugar en esta cama deshecha llena de hojas. Entretéjanse realidad y ficción aquí, podría hacer muchas cosas, primero y principal intentar algo que no sea el cliché, pero sucede que no es la intención.

Venga, Cliché, sigamé.
Voy a mostrarle ahora el sendero de mis espejos rotos, compañero, un laberinto de poemas escritos en servilleta y ecos oscuros de naranjo en flor.

       Me gusta ese tajo

                   que ayer conocí

En cierto canal que sí pasa música, un roñoso cantaba con gusto a pescado. Me atrapaban la pesadez de la penumbra y su pose de león. Mientras él rasgaba con zarpazo lento el aire me deleité, volaba, qué pensaría, no sé.
Terminó el tema y mi dedo buscó en el remoto, fui a dar con otra escena de sombras, pero la que ronroneaba esta vez en una escala de grises era mujer. Sentada en su silla y como una efigie de humo, ronroneaba. El pelo corto delineaba el contorno de su cabeza delicada, ronroneó.

El timbre de Elis Regina disparaba esa misma melodía la tarde que yo desmenucé telarañas en la edición de tapa dura de Saer, en la librería. El recinto no podía ser otro que el Pez Volador.
Miré con insistencia las fértiles rastas del chico que atendía, me escabullí por el pequeño pasillo hacia el fondo del gran cuchitril para no mirarlas más. El fondito, decía un cartel con firuletes tangueros anunciándolo. El fondito era un rincón chico y mistérico, lo adoré.
Salí de la librería con paso holgado, vagabunda, llegué a la parada como quien no quiere llegar. Lo miré. Eran sus rastas, el muchachito, me miró él también. Tardó en venir a hablarme lo suficiente como para acortar mucho la distancia entre nosotros y el bondi, el bondi llegó. Nuestra conversación quedó tijereteada, las palabras pendían como retazos de tela en el aire cuando me subí, y qué se le iba a hacer. Seguramente lo apabullé al hablar tan rápido, de cualquier forma.

Fe de erratas: el muchacho en verdad no tiene rastas.

Venga, Cliché, sientesé.
Conmigo.
No tengo muchos amigos que invitar a tomar el té en este momento, pero es bella la madrugada, me lo dice mi piel. Que se me acerque, correligionario, no se asuste que no muerdo, apenas si hundo un colmillo al calor de mi té.

–Me parece que tendría que enojarse menos con los borrachos tristes y con la gente bella, compañera.
–Me parece que tiene usted razón.
–¿Siempre toma el té en la madrugada?
–No conozco bien los otros momentos del día, vio. Pero tampoco soy de tomar mucho té.
–¿Se quiere hacer la inglesa?
–¿Con el sinsentido o con el té?
–Son ambos lados de una misma cosa, señorita, ¿no cree?
–Definitivamente, señor Cliché.
–Fijesé la hora, caramba, me urge visitar a un par de insomnes más.
–¿No soy suficiente para usted?
–Princesa, usted no es suficiente para casi nada.
–Lo sé, lo sé. Mande saludos de mi parte a Fatiga, Cliché.
–Le manda saludos Burrada a usted, señorita Montiel.
–No demore en volver, compañero.
–No lo haré, Montiel.
–Que tenga buenas noches, señor Té.
–Mejores que la Luna, creamé.

                                                         Te gusta ese tajo


                                                                     que ayer no conociste

Scratch, scratch, rasca la puerta. Entra mi gata a mi habitación y se rompe en pedazos la escritura. Tilín, tilín, destellos del recuerdo de Martín parpadean alrededor. Ay, puta, mi gata se abalanza, me ofusca la idea del muchacho cuyo nombre real hoy no mencioné. Las ideas no se sienten con los dedos, y hace frío esta noche, y no puedo invitar una idea a la cama. La idea no se convertirá en mi cucharita hoy, pero empaña como un lamento de Psique las sábanas, y es menester dormir. Acabo de tener un déja vù.



12/8/10



jueves, 28 de octubre de 2010

La calma mocosa.
Corazoncitos nutridos de vergüenza.
La calma se hace moco en los nutridos de la vergüenza y su ungüento.
Y todos los corazoncitos revientan dentro mío. El mío, el tuyo, los demás.
Mi cordura se hace pis.
Siguen pasando las diapositivas de los colectivos y los ruidos de los colectivos.
Mi estómago llora. ¡Achís!
Salud. Mis vértebras se acongojan.
No avanzo pero menos ando cuando no es de esta forma.
Recuerdo y reprimo, desciendo y camino, sensible y simplona.

Seseo (o Rehabilitación Artística y recuerdos para Lulú)

Recitado por El Cumpleaños en La Chamuyera.
En el suceso del censo había que saciarle los sesos al censista, quien sensible subía el ascensor sensato cual vaca con cencerro. "¡Sexista!", le grité cuando se quiso hacer el sensual sin censura previo a mi lanzarle un cenicero. "Soberbia psicótica, ¡stop!", dijo una silueta sonsa. "Me llamo Sansón, no enciendas el sensor, sólo te vengo a censar." Serenada cedí a ser censada, a Sansón hice pasar, y serví un solo vaso de Cinzano para dejar, de los dos, la sed sedada.

domingo, 24 de octubre de 2010

¿Sabés qué pasa, de pronto? Que los canales de fútbol macho tienen las mejores propagandas y las únicas observables, y que algo misterioso le pregunta a mis entrañas cositas perezosas y existencialistas. Del tipo: ¿a quién se la chupa Axel Kuschevatsky para tener laburo?
Atormentada en las paredes de la demencia que erige la cordura.
La sanidad inventa la locura.
Dichosos sean ellos.

Encerrada en el odio hacia lo gutural.
Alguien gime.
Alguien musita.
Alguien carraspea, eructa y regurgita.
Un molusco viscoso acecha en las sombras de lo real,
debajo de la piel de los hermanos, las madres, los maridos.
No hay estatuillas de padres
en mi odio hacia lo gutural.

Una celebración escatológica de la felicidad carnal y mundana me es vedada.
Puedo leer a Rabelais.
Puedo leer a Bajtin.
Me enhebran,
me invitan al jolgorio, denegado por mi fiereza, de su carnaval.

Salga la fiera a correr.
Salga a gritar.

Encerrada en lo obsceno de lo ajeno obtuso.
Alguien alza su fértil hermosura en frente de mis ojos yermos.
Se callan los errores de ortografía.
Se calla la rabia inmoral.
Ella amamanta a la mansa y a la fiera.
Yo me exprimo y me escurro.
No hay estatuillas de padres en mis nuevas religiones.
Hay apenas una madre sudada,
una niña déspota y chirusa,
y un asco marcial.
Busco la genialidad en donde es aterrador encontrarla. Colecciono llagas en donde más (me) duele.
Y así pasa el día, así pasa el insulto. La traición psicológica y determinista es mandamás.
Busco la respuesta en castillos que no habito.
Mi desdén contempla mi castillo.
Mi desdén no deja habitar.

viernes, 22 de octubre de 2010

Cuando Rainn Wilson mane corpóreo de la pantalla de mi televisor una de estas tardes diáfanas y me empiece a hablar como si nada, me sentiré un poco menos alienígena.
Me sentiré un poco menos dilatada, un poco menos la mofa de algo más.
Entre los sweaters de feria americana, entre grasitud y pringue, en el suelo, adivinaré debajo de mis uñas un poco más de pensamiento y un poco menos de hollín.
Cuando debiera ser al revés.

jueves, 21 de octubre de 2010

El abismo tornasolado de tu marrón. Brotado de unos bucles canosos sobre lo negro, me inquietó, te mistificó. Cuándo dejarás de ser una estatua que se aposenta en el silencio de la piedra. Cuándo me atreveré a ser martillo. De quimeras y estrellitas teñí el vergel de la impotencia. El que te hizo presa y me encerró a mí. Quiero escaparme por las esquinas de mi piel y despertar tu garganta insoslayable, la que se oye cuando habla y cuando no. Impera el apuro de ser martillo golpeándose en todo lo tuyo. Impera el así dejar de necesitarlo ser.

martes, 19 de octubre de 2010

(te deja con más)

domingo, 17 de octubre de 2010

Saciar la sed con agua salada.

jueves, 14 de octubre de 2010

Bueno, bueno, correcta, al menos. Ay, ay, una cosquilla tirita en mis dedos mientras dejo el maltrecho telefonito del año de la escarapela hirviendo sobre el escritorio. ¡Pero al menos correcta! Si mis cachetes están rojos no es tanto por vergüenza. Puede que nunca se me hayan pasado los rayes, las fijaciones, la sublimación de deseos en pensamientos sobre Alex Kapranos. No hay estación que valga, porque no tiene que ser primavera para cosas como ésas. Pero esto sí sabe más a una coincidencia. Ya me había olvidado por completo de lo que eran los mensajes así.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Parafrasear siestas pecaminosamente largas

Y básicamente la certeza se vuelve una cosa muy parecida a pensar que debe haber algo de inevitable y de brujería en que me acueste siempre a la misma hora maldita. La veo acercarse minuto a minuto. Me asusta, porque sé que seguro esconde una verdad.
Y básicamente lo corriente se vuelve el que me duela el culo de tanto estar sentada, el que mis ojos estén cansados de mirar mucho y ver muy poco, y el desparpajo de estar usando una remera con la cara de Marlon Brando cuando nadie más que yo la puede ver. Cuando no hago más que dormir despierta.
Asuntos que se vuelven tan indeseables como obligados al dar en la cuenta de que la tertulia se convirtió en yo sola con mis casi veinte años a cuestas hablando frente a un pote de ensalada de frutas que tal vez ni quiero comer.
Se acerca la hora. No quiero seguir pensando en eso. Digo, en que tal vez algo tan simple y esquivado como comer se acerque, peligrosamente, a algo lejano como despertar.

lunes, 4 de octubre de 2010

¡Ja! Haciendo de cuenta que importa aún todo eso. Que sea lunes sólo acrecienta lo ya sórdido de vivir semanas. Meses y relojes de bolsillo; meses y relojes de pulsera que queman muñecas.
Que sea lunes es el fondo del pozo cuando empiezo a subir.
Subo, subo, miércoles, jueves, domingo. Me caí.
Que sea lunes recuerda que fui Ganelón muy independientemente de los días y sus nombres. Recuerda lo absurdo de que un día tenga nombre. Y lo más absurdo de ser Ganelón, la manzana podrida, llorando por un olifante, y habitando nomenclaturas.

domingo, 3 de octubre de 2010

"No, si es un aparato, es un aparato." Así es probable que mi madre se esté refiriendo a mí en este momento mientras habla por teléfono, muy seguro por incidencia de asuntos como el haberme levantado en un trance hipnótico de mi cama para empezar a gritar por el hecho de que alguien lavó mi mate sin mi consentimiento.
"¡Lo quería lavar yo! ¡Yo lo quería curar! ¡Yo lo quería curar!"
Claro está, el mate lo había lavado la chamán que me alumbró.