12/9/10
Vine a Buenos Aires sin corpiño. Me enteré de esto porque ingresó hoy mi persona en un local de ropa y se aventuró en un cambiador. “Imaginemos con ñocorpi”, dije a mi esbelta compañera cuando asomé por entre la cortina de chiffon bermejo, mostrando la bella remera que acusaba dos tetas respingadas. Vine a Buenos Aires sin corpiño, sin plancha para el cabello y sin desodorante. De esto me preocupé hoy mientras galopaba con mis salvajes congéneres, pateando la pelota en el jardín. “Chivo como caballo”, confesé. No era necesidad, era evidencia en el aire. Les aseguro que elijo las combinaciones que más pesa dejar olvidadas cuando de viaje.
He venido a Buenos Aires con intenciones demasiado vagas de retomar unos estudios que nunca empecé. Cometí el sacrilegio de entrar en una librería, y llevar lo que debía sumado a lo que no. Macedonio y su Belarte, pues, esperan culposos sobre el edredón lila en la habitación que a mí fue designada en este hogar, y que de tan blanca parece una pompa gigante de jabón.
Zarpé de mi casa allá en Rosario vestida en atuendos que dieron cuenta de lo poco normal que soy. No era muy fiero el sol pero aún así llevé gafas, como pozos negros asilo de mi identidad. Sabía que la gente en la Mariano Moreno me miraba, supe que alguna tuerca en mí no andaba bien. Dudas no había de que mi hermano no me llevaría la corriente, tengo que pasar por francesa, mas él no sucumbiría a mis encantos, no los sabe ver. Tengo que hablar otra lengua, tengo que pasar por francesa, sólo así salvo el pudor. Miraba a mi hermano caminando como un mono empilchado y sopesaba fábulas. ¿Qué hacer? Rápido, la gente mira. Mariano me hablaba de vez en cuando, lo miraba y sabía que me mandaría al más grande carajo si le hablaba en francés, pero allí estaba, la gente miraba, mi hermano parlaba y yo tenía que sostener el papel en el que me enfundé. Detúveme en la observación del empilchado cuando él me habló, lo apunté con mi nariz y como con cara simplona de inocente no entender, respondí moviendo la cabeza. Así se comportó mi fanfarrona silueta de francesa farsante en Rosario, y cuando hube de hablar, lo hice por responder, y cuando hube de responder, con monosílabos lo hice. Sobreviví los minutos hasta que nos acomodamos en el sillón-cama de Empresa Argentina, desenvainé de las gafas mi mirada y me sumí en la cadencia del viaje. Mis tetas se bamboleaban.

¡Increíble que se pueda comentar! ¡Al fin!
ResponderSuprimirCuántas veces te habrás hecho pasar por extranjera, eh :P Fui testigo un par de veces...
Fuiste a Buenos Aires sin corpiño, sin plancha para el cabello y sin desodorante... pero al menos no te olvidaste los apuntes de la facultad!
Salute!
Wow! Ves que vos sos una mente brillante! Cómo hiciste para comentar? Jaja.
ResponderSuprimirMe parece que solamente me quedan las anécdotas triviales de tus entradas por que en realidad me cuesta descifrar lo que escribis... Confundí a MARTIN con alguien que no era y asocié el pinchazo con pagarle al taxi. Lo admito, tengo problemas de comprensión de tus textos! Así que teneme todavía más paciencia de la normal hasta que yo entienda tus posteos como se deben.
ResponderSuprimirP.D: TE PUEDO COMENTAAAAAAAAAAAAAARRRR ! :D
Definitivamente, vos tenes ya toda una historia con los corpiños. Se te aparecen por lugares (y momentos) donde no deben y faltan cuando los precisas.
ResponderSuprimirHoy una compañera me lo desabrochó en medio de la clase y quedo una parte bailando por debajo de la musculosa... En frente de todo el curso!!!! Entre mi corpiño y yo, también hay asuntos pendientes.
jajajaja, pame, pame, me has iluminado. será por eso entonces que tan harto común no uso corpiño? para evitarlos, evitarlos para evitar "enredos"? tenías que ser psicóloga.
ResponderSuprimirsabía q tenías un costado hippie!
ResponderSuprimir