Levanté la mano con más temple que miedo por fuera, gélida como un cubo de hielo en apariencia, derritiéndome por dentro. La hoja rayada tamaño oficio con las prudentes anotaciones se mantenía firme ante la inconsistencia de mi ánimo, de soslayo vigilada por mi mirada ligeramente despectiva, y yo conduje mi voz con sumo autocontrol en la pronunciación de mi meditada y sensata opinión sobre la obra de Bertolt Brecht. Siempre lo que pienso se vuelve infinitamente escueto cuando dicho. Así entonces terminó mi discurso poco luego de haber empezado, y me quedé sin saber muy bien qué hacer, sin saber portar la cara de circunstancia adecuada, como si delicadamente me hubieran quitado algo que no tenía importancia pero que yo quería conservar. En mi pecho un pequeño incendio se apagaba, con una satisfacción muda y breve. De súbito vuelvo la vista y presto atención: otro chico inmediatamente respondía a lo que yo había dicho, yendo algo más allá de mi planteo y, según juzgué, yéndose un toque de mambo. Me pareció que ya no tenía nada que ver con lo que la profesora había preguntado, me pareció por tanto bastante redundante. Sentí inoportuno el haber sido expropiada del don de la Palabra tan rápidamente por algo tan poco causal en cuanto a lo que a nosotros nos competía. Allí terminó mi veredicto sobre ese chico. Durante los días y meses siguientes mi atención se volvería a posar en él de cuando en cuando, y hoy recuerdo los instantes en que eso sucedió acompañados de la atmósfera del aula mal iluminada, húmeda, de paredes amarillentas, habitada por un cuerpo estudiantil en el que yo me movía como una sombra sin hablar, alentando apenas imaginaciones sobre los demás, sobre cómo eran o debían ser por dentro, adivinando universos enteros en el detalle de unas cejas, en lo acalorado de un par de palabras demasiado apasionadas. La docente aposentada en el hemisferio orgulloso de su escritorio y de su gran sistema de valores, sistema gruñón pero sin dientes, en el fondo no más que tradicional. Su cara de viejo perro malo, su facultad absoluta de proferir la poderosa mirada del viejo perro malo, conferida a sí por sí. Y yo apretando un poco más los brazos contra mi cuerpo cohibido debajo de la ropa de invierno, sintiendo mis piernas apoyadas una sobre la otra, luchando por hacer durar el sabroso recreo de ahogar la monotonía académica en el café. Ya en ese entonces esa realidad me sabía profundamente a tristeza, y aún así me era enormemente entrañable. Mi última época de ir a clases todos los días a las siete y media de la mañana y cumplir el papel de la chica aplicada fue a la vez mi última época de tratar de encontrar, en esos laberintos peludos que con tanta responsabilidad, fervor y extrañeza estudié, un último fuego que escoger y alimentar.
lunes, 28 de febrero de 2011
sábado, 26 de febrero de 2011
Cotidianeidades
"Que me duele la espalda, por favor agarrá el Chufi-Chufi del baño y tirale al colchón así no agarra hedor".
Mi media tiene pis de gato.
Vítores de una hinchada virtual se oyen, botones de colores se aprietan.
Yo no soy ella.
Yo no estoy ahí.
Un bostezo con olor a podrido desde lejos me llega.
No basta con abrir la puerta. Para jugar, hay que salir.
Mi media tiene pis de gato.
Vítores de una hinchada virtual se oyen, botones de colores se aprietan.
Yo no soy ella.
Yo no estoy ahí.
Un bostezo con olor a podrido desde lejos me llega.
No basta con abrir la puerta. Para jugar, hay que salir.
martes, 15 de febrero de 2011
No está bien inventar grises / donde no los hay por pavor / a acusar un presente revuelto y renegrido.
No existen las escalas sin extremos. No está bien
la admiración enceguecida del banquete,
la admiración que paraliza,
que entumece
los miembros y no deja comer.
Allá hay un cúmulo de gente reunida y regodeada
en el manjar,
en la celebración de él.
Se llenan de fruta tibia las manos
y dejan correr el jugo oscuro como la sangre.
Profundo como la herida.
Los ánimos serán regurgitados, las fauces
se abren como cuevas
y aves salen,
aves salen.
Allá hay un cúmulo de gente reunida y regodeada
en el manjar,
en la celebración de él.
Más aquí hay un niño pequeño, con una lombriz en la panza
y hambre en la matriz.
¡Los cisnes negros se abalanzan, se abalanzan! ¡Los cisnes negros!
Procura, renacuajo, atragantar tu pena y permanecer quietito aquí.
¡Los cisnes negros se abalanzan, se abalanzan! ¡Los cisnes negros!
El aire se pregunta si llegarán hasta aquí.
Allá hay un cúmulo de gente reunida y regodeada
en el manjar,
en la celebración de él.
Traga saliva si aún te queda, buen niño,
abrirás tu boca y nadie quiere que la sed
haga de tus pobres mariposas nocturnas unas pocas;
ya era suficiente con lo ingenuo de las ganas
de, un día, verlas en vuelo ascender.
No existen las escalas sin extremos. No está bien
la admiración enceguecida del banquete,
la admiración que paraliza,
que entumece
los miembros y no deja comer.
Allá hay un cúmulo de gente reunida y regodeada
en el manjar,
en la celebración de él.
Se llenan de fruta tibia las manos
y dejan correr el jugo oscuro como la sangre.
Profundo como la herida.
Los ánimos serán regurgitados, las fauces
se abren como cuevas
y aves salen,
aves salen.
Allá hay un cúmulo de gente reunida y regodeada
en el manjar,
en la celebración de él.
Más aquí hay un niño pequeño, con una lombriz en la panza
y hambre en la matriz.
¡Los cisnes negros se abalanzan, se abalanzan! ¡Los cisnes negros!
Procura, renacuajo, atragantar tu pena y permanecer quietito aquí.
¡Los cisnes negros se abalanzan, se abalanzan! ¡Los cisnes negros!
El aire se pregunta si llegarán hasta aquí.
Allá hay un cúmulo de gente reunida y regodeada
en el manjar,
en la celebración de él.
Traga saliva si aún te queda, buen niño,
abrirás tu boca y nadie quiere que la sed
haga de tus pobres mariposas nocturnas unas pocas;
ya era suficiente con lo ingenuo de las ganas
de, un día, verlas en vuelo ascender.
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