domingo, 23 de enero de 2011

Estaba llevando a cabo una trabajosa labor de lectura retrospectiva y minuciosa, estaba oficiando de detective a la caza de índices de potenciales peligros y locuras -que, quizá, ya se hayan manifestado hoy-.
Pero me detuve ahí.
En la palabra Termidor, el nombre de un vino berreta y bien conocido.
Porque llegué hasta Termidor después de leer la palabra que en verdad me chocó: polillas.
Y no eran sólo las polillas lo que chocaba. Eran las polillas en relación consecutiva con la muerte, y el Termidor.
Polillas, muerte y Termidor.
Últimamente mis trípticos tienen por momentos monjas y miedo, pero siempre, siempre tienen polillas, y muerte, y no sé por qué, al parecer, ese cocktail fatal me sabe a Termidor.
En fotos sosteniendo bebés.
Sacudiéndose la arena.
Guiñen un ojo y gesticulan con las manos.

Unas veces se es uno también y unas veces se es otra cosa.
Otras veces se descubre uno con magulladuras en las rodillas y el ceño triste, esperando que llegue un vaso de plástico con una bebida no del todo deseable; uno solo entre la muchedumbre, entre la piel dorada y el cabello que besa las caderas.
Demás veces simplemente no se es.

lunes, 10 de enero de 2011

Anticipo de algo que no acontecerá. Estoy escuchando el ladrido del perro del vecino y no sé de qué escribir.

Empezaré diciendo que mi felicidad está internada en coronaria, y que mi último símbolo de la inocencia tiene una canilla entre las piernas.
Con lo cual queda declarado que estoy bastante triste, y bastante desganada.
Y no me sufice lo terrible ni lo abyecto que atraviesa mis palabras, pues sigo reduciéndolo a lo que aquí ofrezco: signos.
Aplasto la realidad, me sostengo de pie en el escenario precario de mi ficción edulcorada.
¿Y qué con evocar lo bucólico?
A ver, ésta es la cuestión: me senté a escribir no tan empotrada en la pose, y terminé ovillando mis altaneras pretensiones un rato más.
Así que me desentiendo de esto.

Vuelvo a empezar.

Empezaré diciendo algo que no sea ni brillante ni épico, un mero comienzo tímido, en lo posible que evite pecar de epiléptico.
¡Ya me fui al carajo otra vez!

¿La tercera es la vencida? Bueno.

Dije que me molestaba la indulgencia creativa de las niñas buenas y las niñas bien. Por supuesto que esto implica otra batalla conmigo misma, porque con esa mismísima "indulgencia creativa", con esa especie de sana comodidad artística, se emparentaban mis quimeras de ayer. No se aleja de lo que estoy haciendo ahora. Pero qué va, lo pongo en el tapete. Hace poco pensé: "En mi casa no existe el debajo de la alfombra". No me encuentro en mi casa ahora, estoy sentada en la cumbre del precipicio más alto de mi terror. De acuerdo, aflojo con el paroxismo exacerbado. Pero es así, en este momento no estoy en mi casa, estoy en un sótano y camino sobre una alfombra, y siento las pequeñas elevaciones de aquello que se esconde debajo de ella que está debajo de mi pie.
Quise en un principio abordar el tema de los recientes episodios oníricos. Como la monótona realidad que me mantiene viva por el momento es vacua y circular, mis sueños en lo aparente se alzan contra ella en un risible contraste. Nada de pesadillas y nada de tormentos, sino cosas multiformes y heteróclitas y llenas de colores rabiosos, palpitantes. Misterio seductor. Historias, personajes y lugares. Personajes múltiples, personalidades múltiples. La pesadilla y el tormento son reservadas al espectro temporal que abarca desde la tarde que culmina hasta la vigilia que culmina. El ocaso de la vigilia.
También pensé hace no tanto: "El sol se cae sobre todos nuestros días". Esto no tiene ni ton ni son porque nunca lo tuvo. Se paseó por mi mente como una ráfaga efímera, como el resplandor furtivo de una verdad a ser desarrollada, a ser construida, como una invitación a esa verdad. Como una invitación que tan pronto se hizo se retira, y te deja con las ganas.
Así es exactamente cómo se siente esto ahora.

Interrogación

Me azota la irrefutable indulgencia artística de las niñas bien.
¿Será por eso que quiero esconderme en un tacho de basura?

Asomando la cabecita, mi atención se prende al desfile urbano de la miseria.
Saco la lengua.
Revolviendo mi discurrir sin noción con saliva, aguardo.

¿Se trata de una esencia latente ahora enhiesta? ¿O es el anclaje final de aquella lejana esencia primera?
Sea cual fuere, está bombeando sangre en un muñón maligno cubierto de barro.

viernes, 7 de enero de 2011

Función Fá[t/l]ica


Herejías de cartón emergen,
Afloran a lo superficial del ser.
Endebles meridianos dilatan y contraen
Las horas, que esperan
Ser vistas por juiciosas miradas congruentes al miedo.

Pequeños corpúsculos espaciales
Aglomerados sobre un lienzo sin control
Remoto, justo cuando comenzaba
“La rebelión de los aparatos eléctricos”.

Quise arrancarme los ojos y ofrecérselos a Dios,
Si es que existe;
Al cielo, al sol,
A Dios,
Si es que existe.

La mística de las ratas no me lo permitió. Tendrían que verlas, menudo espectáculo el que dan. O tal vez, después… como que me arrepentí un poquito, no?

Tras la muralla de las tipografías demenciales,
Hallé tu prótesis (dental, mamaria, la que vos quieras).
Sin buscarla siquiera, topé con ella y le pedí
Un deseo: que los astros estén de nuestro lado.

Mientras tanto, sigo
Contemplando mis dedos lánguidos, fétidos,
Con manchas de nicotina. Se estrolan contra las teclas negras,
Negras, negras del piano añejo, como el buen vino.
Con cuerpo, como tu cuerpo adobado de vino,
Añejo, como el piano.
Los acordes disminuidos suspendidos en el tiempo.

Tal vez eso sea lo que sucede cuando una pierde el control, y ella (también) pierde el control y Joy Division y la Puta que te parió!