jueves, 31 de marzo de 2011

A falta de chocolatín, pasas de uva.

La simultaneidad me lastima. Los cigarrillos, también. El agua que chorrea de mi nariz, mucho. Las voces de la gente que habla fuerte, ni hablar. Bostezos, estornudos, canturreos, exclamaciones, cuestionamientos, los platos y las ollas que se caen al piso. Catarro, pedos, portazos, llamados de atención. El noticiero me lastima. La soledad compartida, mi apatía hacia las cosas, mi apatía hacia el poner un freno a mi aceptación poco cojonuda de la influencia de los demás sobre mí y sobre las cosas. Los besos en la frente. El consenso previo con el mundo en cuanto a mis acciones. Mis movimientos acordonados, mis pasos permitidos. Mis lugares autorizados. ¡Implosiones! El hecho de que una canción que escuché gustosa hace mucho tiempo suene ahora sólo de casualidad. Las llagas en la boca. El recuento de las frustraciones pasadas. El recuento de las frustraciones presentes, madres futuras de frustraciones que vendrán. La panza que se asoma por el pantalón. Las piernas que me duelen por dos motivos bien distintos pero igual de vergonzosos. Los trapos sucios en exhibición. Los otros trapos sucios, los escondidos; la conciencia de esos trapos. Un recuerdo: el sol que entra por la ventana de la casa de I. y cortarme las uñas sobre la alfombra, mientras ella prepara mate y yo sumo minutos a la resaca vigente. ¡Macanudo! La barba blanca de un hombre que con lo que gana en el juego se gana la vida; Rayuela me duele. Se empiezan a alzar los bordes de mi piélago.

Repaso las consideraciones sobre mi dudosa postura con respecto al cigarrillo: no fumo, sólo he fumado estando locamente nerviosa, locamente alcoholizada o locamente triste, sólo una vez estuve sobria y tranquila y deseé un cigarrillo porque sí, me inquieté un poco por ello. Me reafirmo que adhiero a todo lo dicho para revivir un antiguo despecho hacia el tabaco que calle la incipiente y peligrosa envidia hacia la sagrada institución del cigarrillo después de comer. ¡Quiero chocolate! No fumo, desprecio el cigarrillo, muchas si no la mayoría de las veces lo detesto profundamente, trato de soportarlo, de ser tolerante. ¡Pero soy golosa y ya comí! Y después de la cena me sobreviene la desesperación, el vacío y la desesperación por llenar ese vacío. Si fumara me podría obsequiar un cigarrillo de postre y ese postre estaría siempre más al alcance de mis manos. Siempre hay puchos en mi casa. No voy a ir a un quiosco a estas horas, no voy a pasear de noche por este vecindario. Me como el último chocolatín. Mientras, mis ojos hacen escala en una y otra pantalla, mi pereza repite los mismos viejos malos hábitos y finalmente mis dedos empiezan a juguetear con el aire. Me terminé el chocolatín. ¡Soy una desgraciada no fumadora hambrienta de azúcar que se terminó harto pronto su único chocolatín! ¿Café? ¿Té de peperina, leche con miel, serú girán? Infusiones e ideas que se me ocurren demasiado tarde. Accedo desacatadamente a la que declaro apresuradamente mi última opción, mezclo carbohidratos con neuronas, recuerdo uno a uno los compromisos de mañana, me aseguro que me haré cargo responsablemente de cada uno de los compromisos de mañana, decido que irrumpiré cual monstruo mitológico en las oficinas del registro nacional de las personas y me las haré con mi documento nacional de identidad a como dé lugar, pienso en las constancias electorales que ya no tengo y nunca más tendré. Me lamo en las yemas los restos de fruta deshidratada.

domingo, 13 de marzo de 2011

Efemérides.

7/10/10

1.- Me murmuro para mis adentros un mensaje que darle, que callo por prevenirme de su rabia. Hablo de mi hermano. Algo así como: “Ya va a ganar Newell’s”. Las rabietas pueden tranquilamente traducirse en pantuflas que vuelan por el aire hasta dar con mi cara.

2.- “Abuela, ¿tenés algo con mangas largas?” Sé que tal vez sí soy más normal que gorda, pero me gusta taparme. Aproveché en consecuencia la venida de la brisa casi estival.

Atuendo que resultó: mitad ochentoso (grandes dimensiones, brillos, textura símil cotillón de casamiento), mitad hindú (no me digan hippie).

3.- Lo cierto es que no tengo objeción ni aversión alguna hacia el hippismo; todo lo contrario. Empero lo cierto es que no basta una apariencia para las denominaciones certeras, ergo...

4.- ¿Termino de cerrar la idea si recuerdo que soy una burguesita malcriada? Amén.

5.- “Alguien en mí hoy se acerca escandalosamente a la persona más feliz del mundo”.

6.- Decidí, pues, que no juntaba tanto miedo. Me mandé, pues. “Tate, ¿me puedo ir a vivir a Buenos Aires?” Las respuestas me sonaron a afirmaciones.

7.- “Mirá lo que te regala la abuela, má”. Léase de lo ya especificado: ochentoso, grandes dimensiones, cotillón.

8.- Comparé un perfume viejo que me regalaron para mis quince con una unidad del mismo perfume de industria nacional comprada hace poco. El mismo hedor ardoroso del alcohol y los vencimientos prendió fuego mi nariz. Revisé todos mis perfumes viejos, los pocos vigentes, los restos ancianos, las botellitas variopintas. Coloqué en muñecas, antebrazo, dedos anulares, meñiques, tapas de botella. Coqueteé con la izquierda y la derecha.

9.- Abrí audaz un cajón y desempolvé antiguas billeteras, sobres y cartas, consumiciones de fiestas, entradas del cine, un diario íntimo. Me conmovió una tarjeta con palabras de Lolo y de Mamá. Cómo los amo.

10.- Acurrucada en posición fetal saboreé la modorra. Apenas abrazando el diario recordé los compromisos de lo venidero (que empieza dentro de unas cinco horas) y un poco me desperté. Observé el desorden, lo tranquilo, la reminiscencia de los años. Me dejé vencer. Voy a dormir.

11.- Me murmuro para mis adentros palabras que saberme: “responsabilizarme, luchar contra las caries, vencer. Voy a dormir, nodriza fina. Acuéstame”.

Fin.