lunes, 25 de julio de 2011

Felicidades

"Qué zurda!", ríe Georgia por lo bajo. Hago una mueca, mientras ella remata con picardía: "El peronismo es dadivoso." Durante la cena, Lolo prestidigita palabras, oficia de orador con labios temblorosos por el vino.
"Sofi, ¿a vos te parece mal lo que digo?"
"¿Qué?"
"Que Mariano lleve un par de forros en la billetera. ¡Por si tiene algún approach! Si no, hay otro remedio: nitrato. Ni trato de ponerla."

Cuando mi concentración pierde el rumbo y mi cabeza empieza a despotricar contra sendas realidades preconfiguradas y condenados aburrimientos, rectores del mundo y de la vida, siempre puede aparecer alguien maravilloso que me regale un chiste o que me diga:

"Con agua oxigenada, bicarbonato de sodio y una bebida que contenga cafeína y colorante, ¡te armás un líquido fosforescente re copado!"

viernes, 22 de julio de 2011

Rastreo una huella en el asfalto.

jueves, 21 de julio de 2011

Quisiera volver a leer lo que ya escribí, rompí y tiré.

Esta vez sí fue una carta corpórea, un trazo directamente salido de mí. Una prolongación de mi brazo en ritmos y respiraciones, cursivas improvisando piezas de baile en las imprentas minúsculas que exigí a la birome. Pelitos enrulando la prolijidad, decoración del castillo de papel ceniciento que se alzó sobre el miriñaque de mi reflexión.

Las trombas furiosas del calendario y la distancia se morfaron mis buenas intenciones; me eructaron en la cara. Fui dejada boyando en una selva inhóspita y sentimental.

"¿Estás triste?"

"Lo mismo de siempre", argumenté, de congoja atragantada.

Luego, cansada (y deseosa) de cronopios, preguntaría:

"¿Cómo cambiamos la vida sin salirnos de la vida?"

La silueta de Cortázar sobre un elefante.

El nautilo en el sueño de Santiago.

La taza negra vacía, de las horas en vela compañía. Abrir los ojos y prometer en voz alta que no duermo.

Mi cuerpo no entra en la cama estrecha al lado del teclado, mi mano aferra mi teta izquierda y mi rostro enfrenta, gravedad y mutismo mediante, el terco paisaje de un pobre cielorraso.

En efecto sí fue una carta corpórea. Una entre muchas prolongaciones de mí y de mi brazo. Después de que los fantasmas tuvieran su fiesta, mi gata remolona hizo volar el rompecabezas con un solo desliz de su cola frondosa, y yo quedé atropellando los segundos en la recolección, uno por uno, de los fragmentos del manuscrito que por un momento quise haber recuperado.
Mientras Gary esgrime en la guitarra un lamento sobre callejuelas parisinas, un hombre es la congregación de todos los acordes y misterios que los días me tatuaron en el alma; la música es el origen y el bálsamo de mi desgarro.

domingo, 10 de julio de 2011

jueves, 7 de julio de 2011

De repente, estoy en una reunión con amigos hablando sobre el rol fundamental de Clarín en el ascenso de Belgrano, la oligopólica difusión facsimilar del Arte del Bicentenario, la transformación del Rubro 59 en un acervo de informaciones encubiertas y el proyecto de los cuatriciclos de Boasso, y me abstraigo para reconocer en mi cabeza la inminencia de dos sentimientos imposibles de ignorar. Uno es cariño. El cariño inmenso de quien viste de cierto aprecio por la vida el encontrar hoy los rostros inevitables de la nostalgia de mañana. Tengo una forma maricona de querer. El otro sentimiento es la invitación a un terror. Recuerdo aquella mujer que tenía pelo de escobillón y que nos solía perseguir de niños. Sus ojos trataban de mantener impasibles las cortinas de una tranquilidad forzada, cuando quería sostenerme la mirada. Detrás, siempre supe que eran ojos batiéndose a duelo consigo mismos. Recuerdo aquella mujer. ¿Habrá sido en algo bruja? Vestí los aros que me obsequió hasta hace muy poco. ¿Tenían fundamento sus advertencias malevas? ¡Qué macana!
Estoy creciendo para hacer que ya no me calce el disfraz de pelotuda. Hoy en el colectivo pensé en aquella triste, errática mujer. "¿Cómo la puedo ayudar? ¿Puedo ayudarla?", me pregunté. ¿Acaso tengo la opción de convertirme en la figurita difícil que el casillero no esperaba? ¡En la cuadrilla de los títeres amargos no contaban con mi astucia! ¡Asomen a ver qué escondo debajo de la manga!
Indicación: no esperar a la estrella fugaz para pedir el deseo. La decisión reposa en mí. La decisión me mira.
Tal vez la mujer errática y yo podamos sacar a bailar a las lunáticas ariscas que hay en nosotras y armemos con ellas una ronda; tal vez nos sepamos finalmente bajo el cielo.
Esta vez las voces que narran mis pasos pronuncian el discurso que redacto yo.
El acontecer nacido de la máquina de escribir.
¿Una enunciación desesperada antes de que desfallezca vaporosa la última ceniza de vigilia en estos párpados?
Ordeno que encontrar la vida en cada rincón de mi cuerpo sea mi nueva forma de pensar, y que comunicarlo sea mi nueva forma de sentir.