sábado, 31 de diciembre de 2011

Cuando entré a la pieza, por algún motivo, pensé en "The logical song" de Supertramp. Echada en el colchón, monté mi lógica en la corriente de aire fresco del ventilador y dije adiós. Entonces, oí el eco lejano de una radio. The logical song. Me levanté y senté a escribir esto, que quería ser, quizás, sobre la conciencia de dos dolores y la conciencia de un misterio, que quería ser, quizás, sobre alguna duda particular y, en general, sobre algunos convenios, no lo sé. 
En el camino de regreso desde el videoclub hallé una pluma de paloma en el suelo. Esto me remitió a todos los momentos significativos recientes en los que, también, hallé una pluma de paloma en el suelo y la levanté. Levanté esta pluma, pues. Recordé, a su vez, que el día de ayer iba caminando por Urquiza, sudorosa bajo el sol de verano que hacía arder el pavimento, y también encontré una pluma, pequeña y grasienta, de tonos castaños.
Ésta se diferenciaba de todas las demás. No parecía ser de paloma, de ninguna manera. El momento en que mi camino y el de dicha pluma se cruzaron, como era de esperar, también se diferenció de todos los demás momentos en que mi camino se cruzó con el de plumas de palomas. Yo venía por la calurosa Urquiza de la tarde de ayer pensando seriamente sobre la vida, sopesando inminencias de un futuro en gestación, a conciencia salida un poco de la consideración exclusiva del presente, o, quizás, más que nunca en esa consideración.
Estaba renegando de mi propia cordura escrupulosa, cuando, a unos metros, vi un hombre canoso en motocicleta que se alejaba por Urquiza, en la misma dirección que yo, y que, mirando sobre su hombro, me saludaba con una mano. Ante semejante gesto inesperado, le dediqué una simpática carcajada y correspondí el saludo. El hombre desapareció en la distancia.
Cuadras después, mi reflexión se había amenizado. Mientras mi cabeza se ocupaba ahora en tender una alfombra de flores sobre el horizonte de la jornada, algo me hizo reparar otra vez en una motocicleta. Era el mismo hombre canoso, estacionando sobre la vereda. "¿Vamos?", me decía, dando unas palmadas a la parte trasera de su asiento. "No, no. Otro día", solté con franca amargura, sin detenerme por un instante. El hombre insistió un poco más y me siguió unos metros. Ante el callejón sin salida de mi espalda hirsuta y el rechazo inmutable que mi espalda pronunciaba, el hombre se resignó y retomó su camino.
A continuación, mi andar se pobló de pensamientos sobre la gente y las sorpresas que nos deparamos entre nosotros. Recordé que Sasa había dicho una vez que la locura creativa y, en mi caso en particular, la risa, rúbricas personales de quien se abre un poco de los márgenes de lo establecido (para acomodarse mejor en los márgenes de lo no tan establecido), descolocan a la gente, desconciertan.
"La vida es un concierto. Por favor, no desafines."
Ésas fueron algunas de las palabras que Mariano recitó del pequeño libro de sabiduría de bolsillo anoche, luego de que el sol hubo caído y drenado con su puesta mi angustia, y Tobías y yo, de pies descalzos sobre las sábanas y con los ojos de la imaginación abiertos, confeccionamos una lista de menesteres imprescindibles para viajar a la estrella Betelgeuse cuando seamos más grandes.  

lunes, 26 de diciembre de 2011

Soy un búho que luego fue una alondra y ahora no es ninguno porque es ambos a la vez. 

jueves, 8 de diciembre de 2011

Esa delgada línea entre los libros de autoayuda y todo lo demás hace un rato dejó de existir.



(por favor burlémonos de mí)

porquería sagrada

El ejercicio consiste en colgarse de la consigna como de un salvavidas en medio del océano de lo desconocido. El bañero pasea en lancha y dice que no sabe nadar. Y en la quietud, y en la comodidad, el termómetro se enfría. ¡Siga el baile! ¡Ay, horrible, imprescindible sinceridad! Este pecho es este nudo y éste es el nido de la idea de Fulano. ¡Ay! Sí. Paprika es esa muchacha histérica que llevás en vos.

Es quien intenta, mientras vos paseás tranquila en bicicleta por las plazoletas de tu imaginación arbolada, treparse a tus espaldas, por la fuerza, y te arroja -vehículo, esqueleto y espiritualidad- a las mismísimas profundidades del carajo.

Una y otra vez, Paprika asoma por una ventana. Desespera, mira y se vuelve a esconder. Escudriña con hambre de ver lo que tiene hambre de ver. Los pelos se le erizan, abominables calambres amedrentan sus músculos, sus partes, sus lunes, sus martes.  
Paprika no sabe descansar.

Yo también soy ella. 
Duermo abrazada a una almohada imaginando que es una persona. Me miro en cada espejo que encuentro. Me observo largamente. Quiero ser linda. Recuerdo a Fulano en cada pequeño momento feliz. 
Lo siento en la brisa, lo evoco en la alegría y la tristeza. 
Le dedico los silencios más profundos. 

Yo soy una gatita mimosa y tranquila. Pero cuando salgo de mi letargo agridulce y sentimental, para subirme, otra vez, al tren de la colectividad y la costumbre, contraigo un poco mucho de Paprika.
Entonces, asomo una y otra vez por la ventana de la realidad. Redacto epopeyas grandiosas sobre la vida feroz que me tiraniza y reduce a la pobre cucarachita solitaria que suelo ser. Soy la misma tragediógrafa que me eligió víctima favorita de las peripecias estúpidas del severo, importante dolor.
Exagero, por supuesto. De gala visto mi sufrimiento; en el país de los lamentos, pues, el mío es Rey. 
¡Oh, Tuerto!

En la ciudad de Mendoza, en octubre, mientras duró el Encuentro de Letras y nuestro placer de foráneos visitantes, la célula madre de una canción de Sui Generis hizo cuchita en mi cabeza. Ya estuviésemos entrando a una ponencia sobre Haroldo Conti, nos encontrásemos tomando una siesta en la sombra generosa de un árbol, o nos viéramos ocupados en la tarea de emborracharnos en el patio del gimnasio, yo cantaba desde el alma: ¡Bienvenida, Casandra! 
Uno de esos días, mi mamá me llamó por teléfono para informarme que mi familia había adoptado a una paloma malherida que encontraron en la vereda. El nombre con el que la habían bautizado era Casandra. 

¿Me atrevo a ser la tuerta entre las ciegas de mi alma?