¿Cuánto? ¡Mierda! Dos minutos.
No, uno.
Cierta amiga mía tiene un método, o más bien una idiosincrasia: mira el reloj.
Empiezo a explicar: tengo un par de cosas de las que ocuparme y de las cuales no me quiero ocupar.
Pero: hay gente que me tira del cable y me arrastra de vuelta a la Tierra, y dice cosas como:
Shakespeare no puede esperar.
Yo actúo pedante y quisquillosa y digo que no quiero un cable a la Tierra, que quiero uno a la Luna, a Saturno y a la Concha Que Me Parió.
Pero el reloj sigue marcando las horas.
Me sucedió hace poco que me cansé de las pelotudeces que escribo,
y me di cuenta de que escribo
para no ir a atacar vorazmente una heladera desprevenida
para no ponerme a llorar
para no mandar el mail que nadie quiere leer.
Escribo
porque tengo pánico
y porque tengo ganas
de tener de qué quejarme.
Me muerdo las paredes de la boca, me duele la cabeza, no me tomo el migral, me sueno los dedos.
Y lo narro todo
en versos
para agobiarme a mí misma un poco menos.
Ya hace cinco minutos que me pasé del horario estipulado.