Paredes blancas de un barrio cerrado

Las paredes que me encierran mientras bajo la escalera son aburridas, insulsas, como se me antoja todo lo que a mí refiere en este momento. Las paredes son blancas y están separadas por un espacio demasiado estrecho, una rendija de aire por la que me deslizo densa hacia la asfixia. Las paredes son de un blanco sucio y apagado, una inundación inmunda de desasosiego.

Alguien toca la puerta.

Al diablo con lo infinitamente estéril de mis preguntas, lo mismo yo pregunto: ¿por qué tocan la puerta? Desmereciendo el sonido y el motivo de mis dedos en el teclado, tocan la puerta para volverme a la cruda realidad, de la cual no escapé nunca, pero a la cual estaba intentando por un momento ridiculizar. Puto barrio cerrado de gente rica que no toca el timbre, el horrendo portero eléctrico de mi ciudad y mi barrio criminal no existen en esta burbuja de plástico, los vecinos golpean la puerta de madera majestuosa.
¿Salir con un cuchillo, aparecerme desnuda, invitarlo a pasar? Vecino, ¿realmente querés que yo te vaya a abrir la puerta?

¡Ya va, te digo! ¡Ya va!

Tomá, tomá el cargador. No era de esperarse, obviamente, que el propósito que lo arrastraba hasta mi puerta fuera uno digno. Lejos estoy de saber por qué el estúpido cargador que el vecino le prestó a mi viejo y me pidió de vuelta se transformó de pronto, luego de que se lo hube dado, en algo tan magníficamente soberbio, reverendo hijo de trolo y lastimoso. Una diferencia, pensé, mientras el gordo caminaba mostrando con orgullo la fachada de su culo aplastado, una distancia. ¡Tenés el culo de los años fofos! ¡Tenés ojos de cobarde! Cabrón achanchado, escuchame bien, el cargador nos separa antes que la muerte a vos y a mí porque yo no cargo pilas perennes, yo exagero si afirmo que entro a un quiosco cada defunción de obispo a comprar dos, solamente, de las más baratas. No necesito pilas para mi consola de videojuegos, necesito pilas para mi máquina de pensar, y ni las tuyas ni las del conejo que corre me van a ayudar.

Lenta y frágil me recorre después, como la resaca, la noción triste de mis equivocaciones. Son muchas, son injustas. Cuando creo que acierto y cuanto más disfruto del puñetazo que le hundo al mundo, más impasible me visita un fantasma gris. Tranquilícese, señorita, no todo es tan así, me dice. Entonces, quizás, la gente allá afuera también trabaja, se esfuerza, llora, es infeliz. Las penurias se multiplican como peces en el agua y minimizan un poquito más las mías en mi mustio sufrimiento de rutina. Nena que escribís, para qué llorar, tratar mal a los que te quieren más, no dejarte comprender, no dejar de querer comprender, miro por la ventana el cielo oscuro, las nubes que allí no están, el eterno plato lunar y siempre quieta, me quedo quieta y demoro la pena, detengo con un dedo la gota espesa de sangre que mana de la herida. El dedo índice pinchado por un alfiler, eso soy cuando me encierro a gritar aberraciones y a tener conversaciones en frente de la pared. Que estoy loca porque no paro de escribir, me lo dice mi hermano. Yo te digo a vos, gordito ejecutivo que vivís acá al lado, perdón por el insulto a tu culo simplón y por el preconcepto que me gobierna, pero mejor no me perdones porque quizás no haya por qué pedirte disculpas en lo absoluto, de cualquier forma no lo quiero averiguar.

Tu bola de cristal me es lejana y ajena y así es como debe ser. Tengo que empezar a nutrir mi desvarío de aquello que vibra dentro de mi radio, y sólo desde allí partir para disparar en todas direcciones. Por eso no me importan, vecino, tu vida y tu mundo, me conciernen sólo hasta donde terminan los modales. Qué tal, buen día y allá va todo a parar. Luego me realizo en la de siempre, la hermana, la amiga, la que se manda las cagadas y da mil vueltas pero aún así, al final del día, las tiene que arreglar. Las paredes las levanto yo, ellas me obedecen tiesas e interminables y lo seguirán haciendo hasta el momento en que mis vientos soplen fuerte para derribarlas y mi brújula decida apuntar.

Subo las escaleras con un té recién hecho, la computadora plateada y fría me secunda. El humo que flota sobre la taza se condensa en una nube en frente de mi cara, se escuchan los chicos con los videojuegos. Se oyen ruidos del televisor de abajo, busco el celular que hace días abandoné y pienso un poco, frunzo y me froto el ceño cansado. Me voy a dormir, porque mañana, tal vez, amaneceré de nuevo.