jueves, 1 de marzo de 2012




andariega




























La mujer que amé se convirtió en fantasma. 
Yo soy el lugar de las apariciones. 










Juan José Arreola



martes, 14 de febrero de 2012

Un garrote para mi ajedrez

Estaba yo sentada frente a una pequeña mesa de madera y la mesa de madera fue la distancia entre M. y yo. ¡Una mesa de madera! Estudié sobre la mesa la posibilidad de germanas montañas mágicas del siglo veinte, y me derivé finalmente a un libro titulado "Matando enanos a garrotazos", mientras M. arrugó la pera en una grave búsqueda de Wally.

"El carnaval de las milanesas extirpó los globos oculares a los bueyes azules. '¡Macho cabrío!', gimió la Mona Lisa y se escapó por el rincón. Escurrióse la cabezona polleruda por una grieta en la pintura y se juntó con su tátaranieta en la asamblea del pueblo a comer carbón. ¡Peludo sería! Peludo sería el embrollo si la criatura brillante que otrora fuera mi plumero manejase un Mercedes Benz. ¡Sofía de las Mercedes! Sirve panqueques a los soldados; la batalla está cansada de cantar en la ducha. "

-¿Podés dejar de mirarme con cara de loca? -increpó M., una vez que la distancia cambió de mesa y mi trabajosa labor de memorizar fielmente las palabras arriba escritas encendió en mí una vehemente demencia. Tarea que, cuando logré, festejé con picardía silenciosa. Picardía que, desde mis ojos hacia los de M., inspiró las palabras que ya dije yo que él dijo. Muy bien.  

Luego de que su ánimo se hubo apaciguado, comentó, en referencia a cierto personaje harto severo que ambos conocemos, que si fuera mozo no querría un cliente así.
Yo, divertida aún mecanografiando imaginaciones en el aire y dispuesta a continuar haciéndolo, decidí poner mi creatividad en espera y escucharlo con cierta seriedad.
La respuesta descendió sobre nosotros con delicadeza (y desconozco si, acaso, M. se enteró). Apuntó con su linterna sobre la cara del personaje harto severo.
"Monstruos que poner en jaque."

La realidad es mágica.
Esto pensé en algún momento previo a que nos retiráramos del bar, pasando por al lado de alguien que había encendido un cigarrillo eléctrico.

"¿Esas sandalias te las compraste en Nueva York? ¿Has visitado la sede de la ONU? ¿Te presentaron al Embajador de los Duendes? (...)"

Continuó maquinando realidades el cerebro mágico. 

Justo entonces, el programa radial de turno. Los guaraníes cortaban el pasto por temor a las serpientes. Esto, en calidad de ilustración de cómo la espesura del follaje es tradicionalmente el nido del miedo. Esto, como teoría que hilvanar para hacernos los agudos ante los radioescuchas, una vez que nuestro invitado del monte misionero nos contó a todos acerca del lobizón y esa otra vieja leyenda popular de que los niños se extravían en el bosque al ser seducidos por la miel que les ofrece un travieso duende dorado.

jueves, 9 de febrero de 2012

A mi consigna me aferro. Sabré salirme cuando se abra la flor que crece en el pantano. Frecuento lugares intervenidos y acondicionados. Soy una chica de la urbe y yazco en un lecho. Quise prodigarme y festejar. Una escalera me paró el carro. Miré fijo el tarro y me cansé de mear. Soy de peluche las más de las veces. Algunas otras soy de porcelana. Cuando me pongo cursi gusto de vestir mona. En el fondo siempre quise vivir entre las ranas. El mundo se come mi atención a troche y moche. Me lleno la cabeza de enredadera y virulana. En mis jardines secretos cosecho unos ánimos bandidos. ¡Todos los días celebro el cumpleaños de alguna macana! 

miércoles, 8 de febrero de 2012

1 de Mayo del 2007


Había una vez una chica que se llamaba Juana. No, se llamaba Susanita. Sí, Susanita. Susanita era una chica muy... No sé. Bueno, en verdad, era bastante... ¿Cómo decirlo? ¡Ella era muy Susanita! O Juana, qué más da. 
Juana lloró cuando nació y lloró cuando la dejaron en el jardín por primera vez. Juana se pintaba los labios a los seis para parecerse a su mamá y lloró siempre que no le compraron helado hasta que cumplió nueve. Y justo cuando los cumplió se preguntó: ¿cómo nacen los bebés? O mas bien, ¿de dónde salen esos petisos? A los diez o a los once decidió que le gustaban los chicos. Una vez, incluso, Susanita jugó al juego de la botella. Cuando tuvo pesadillas, Juana durmió con sus papás. A los trece le parecieron dos viejos y no los quiso obedecer. A los catorce vio cuán diferentes eran los nenes de las nenas en verdad, y quiso pasar todo el tiempo posible con su opuesto. Al ir creciendo, tomó responsabilidades y aceptó la mayoría de sus deberes. Después, vio la importancia que éstos tenían en su vida. A veces se hizo preguntas. A veces, Juana contó las calorías de sus alimentos. A veces Susanita se hizo la desentendida y dejó que las cosas más injustas pasaran como agua debajo del puente. Y finalmente, resolvió sentirse conforme, y sentarse a mirar la vida: ya estaba vieja para cuestionarse cosas. 
Una vez, Susanita se acordó de su prima Soledad. 
Soledad fue a jardín de niños a los dos años y le preguntó a un chico cómo se llamaba. Soledad quiso aprender a leer antes de que le enseñaran. Cuando creció, vio que los varones eran raros y los miró. A los trece tuvo una profunda charla madre e hija. A los catorce obedeció a lo que sus papás le pidieron, y después pidió conocer las razones que ellos tenían para hacerla hacer lo que la hacían hacer. A los quince tiró sus revistas de moda y apagó el televisor. Soledad salió a la calle y observó el mundo. Comprendió cómo se comportan algunas personas y qué buscan en la vida. Soledad quiso ser buena, pero antes quiso ser fuerte, y antes que fuerte fue ella misma. Soledad se tapó los oídos y se escuchó a sí misma cuando hubo que hacerlo. Soledad le dio una oportunidad a aquello que no le ofrecían. Soledad fue libre y fue feliz. 
Susanita, Juana, Fulanita nunca supo cuál era su nombre. 

viernes, 3 de febrero de 2012

El viejo truco de andar por la sombra.

jueves, 2 de febrero de 2012

Estoy en un prado. El cielo es lila y rosado, veteado y bello. Las estrellas fulguran, lo engalanan. En el horizonte no veo nada. Todo es planicie alrededor. A mi derecha, unos pocos pinos amontonados. Altísimos, sus crestas deprimidas los dibujan cabizbajos, en pena. Enfrente mío, un aljibe de piedra gris, granulada. Visto una falda multicolor, por debajo de las rodillas, entre coya e infantil. Mis medias cancanes también son multicolores, pero la falda es un vestido. Tengo grandes zuecos de madera. Siento la brisa. Soy alta y delgada. Detrás de mí, lo desconocido. La incertidumbre. No me volteo. Oigo un saxo lejano que traza las frases primeras de un tema de Louis Armstrong.

Quiero ver dentro del aljibe. De pronto, soy alta. ¡Muy alta! Cada vez crezco más. Permanezco frente al aljibe, pero a mis ojos se ve cada vez más pequeño. ¡Diminuto!

Quiero ver dentro. Me agacho, me inclino sobre mis rodillas. Progresivamente me achiqué. Soy pequeña, de menor estatura que el aljibe. ¿Trepo? Pasan libélulas volando al lado mío, vienen desde detrás. Son del tamaño de una paloma, quizá más grandes. Atraviesan el aire estremeciendo las briznas. El viento sutil me eriza la piel. Tengo frío.

"¿Tenés bolsillos?", me pregunta mi Testigo.

Sí.

"¿Hay algo adentro?"

Sí.

Es pequeño y redondo, pesado. Es una brújula pero recién ahora lo sé.

"¿Te podés subir a una libélula?"

Monto una, pues. Ligeras, ascendemos. Quería ver dentro del aljibe pero ya subimos demasiado. No importa. Surcamos los aires por entre nubes que parecen humo de cigarrillo. Creo que dentro del aljibe había una luz. Estamos enfrente de un globo aerostático mediano, color ocre. En él viaja un hombrecito. Es un arlequín con algo de mimo. Viste un traje rojo y negro, liso. Rojo es el hemisferio izquierdo y negro es el derecho, desde mi punto de vista. Tiene tres grandes botones rojos. Usa un gorro como de ruso. Tiene círculos rojos pintados alrededor de los ojos. Mi Testigo me pregunta si puedo hablar con él. El arlequín y yo no nos entendemos. Sin cruzar palabra, con las miradas está todo dicho. Él piensa que soy extraña y yo pienso que es un boludo. Ninguno tiene interés en el otro.

Me alejo. Ahora, más todavía en las alturas sobre mi libélula y sin noción prácticamente de la tierra, nos encontramos con un ave grande y majestuosa. Milenaria. Es azul claro. Su nombre es Benicio. Me acerco. Mi Testigo me pregunta si puedo hablarle. El arlequín me generaba curiosidad. Benicio me obnubila. Su mirada es inmensa, sabihonda y serena, como un océano. Benicio no se comunica con palabras. Lo acaricio. Es magnético. Tomo cierta distancia y veo que lleva un collar de piedras preciosas. Tomo una, la del centro. Es firme, templada y sólo apenas más menuda que mi corazón. Ahora flota en el aire frente a mí. Es completamente espejada, con reflejos tornasolados. Se ve más grande. Creo que alentada por mi Testigo, observo la superficie de la cara principal. Otras caras son más pequeñas, tiene muchísimas aristas. Allí está Sofía. Su rostro es color índigo, con pecas redondas y amarillas, uniformemente distribuidas. Tiene el pelo castaño con bucles, y ojos turquesas, aguamarina, verdemar, turquesa otra vez. Me mira. Yo también tengo el pelo largo. Ella está decepcionada conmigo.

"Lo siento", dice mi Testigo. "Decile 'Lo siento'".

Lo digo.

Ella estira su mano por fuera del espejo y la sostiene derecha. Apoyo la mía sobre la de ella, la diestra. Tregua.

Ahora, caigo. Mi vestido es aerodinámico, la falda amortigua mi caída de forma que desciendo como levitando.

Las pestañas del arlequín eran turquesas.

Yo me llamo Lucía. 

miércoles, 1 de febrero de 2012

(aparte de aquella otra)
Alguien me volvió loca pero como loca yo ya estaba ocurrió que descubrí mi única manera de ser cuerda. 
Ésta es la ventana y acá nace y empieza a correr el río de palabras que navego después de construir mi balsa, con el norte en el naufragio. Se me ha dado muy bien el concilio con la idea de que cada vez que abro la boca para decir lo que quiero hacer es una declaración del fracaso de la quimera. Y así sucesivamente por los siglos de los siglos y escribo comiéndome las comas porque en las estructuras que mejor sé ordenar yo me diluyo. Yo me diluí en una taza de té hasta que el contenido heterogéneo de esa taza de té en la que otrora volqué la gota primordial de mi esencia se evapora y se hace uno con el aire pero de pronto. ¡Oh! Mi esencia se reconoce y se distingue del aire y se reúne consigo misma otra vez en una nube. Dentro de lo posible, violeta. Allí, el rumor quedo de la nostalgia de la efervescencia. Alguien grita: "¡Alerta!" Alguien aquí a quien llamo mi primera persona responde que hay un exceso de gente en mi cabeza construyendo edificios, fábricas, hospitales, hostilidades, demencias. Una alfombra de gente sobre el recinto de una ausencia. La imaginación me pega el tubazo justo cuando ya cerré la puerta detrás de mí y pateo la calle dejando atrás la morada; el teléfono desatendí porque acudo deprisa a un compromiso de conversaciones y café. ¡Ah, la hora vespertina en la que el éxito me dice que ponga los pies sobre el ahora y se disfraza de una gorda sonrisa consolidada! Mi gorda sonrisa consolidada se palmea con la espontaneidad y ambas me miran de frente muy tranquilas. He aquí mi intento, pues. De vuelta, siempre termino estando de vuelta. 

viernes, 13 de enero de 2012

Sólo soy fuerte cuando confieso en voz alta mi terrestre debilidad.


Después de saludar a la señora blanca menguante, la arquitectura se escondió en una venecita. 
Yo te estornudé todas mis pequeñas sinceridades. 
Para asegurarme de creer que seguían existiendo los colores, dije que mi patología cenicienta era la paleta que tenía más a mano. 
Siempre que descienden noches así me reúno entre mis quinceañeras a sopesar las fuerzas que escatimamos para servirnos el té las unas a las otras. ¡Silencio! Un clavicémbalo de cera se derrite en nuestro corazón.

Ella dijo que en aquella época se sentía como si no tuviera defensas, como un celofán alrededor de un paquete de cigarrillos. 

sábado, 31 de diciembre de 2011

Cuando entré a la pieza, por algún motivo, pensé en "The logical song" de Supertramp. Echada en el colchón, monté mi lógica en la corriente de aire fresco del ventilador y dije adiós. Entonces, oí el eco lejano de una radio. The logical song. Me levanté y senté a escribir esto, que quería ser, quizás, sobre la conciencia de dos dolores y la conciencia de un misterio, que quería ser, quizás, sobre alguna duda particular y, en general, sobre algunos convenios, no lo sé. 
En el camino de regreso desde el videoclub hallé una pluma de paloma en el suelo. Esto me remitió a todos los momentos significativos recientes en los que, también, hallé una pluma de paloma en el suelo y la levanté. Levanté esta pluma, pues. Recordé, a su vez, que el día de ayer iba caminando por Urquiza, sudorosa bajo el sol de verano que hacía arder el pavimento, y también encontré una pluma, pequeña y grasienta, de tonos castaños.
Ésta se diferenciaba de todas las demás. No parecía ser de paloma, de ninguna manera. El momento en que mi camino y el de dicha pluma se cruzaron, como era de esperar, también se diferenció de todos los demás momentos en que mi camino se cruzó con el de plumas de palomas. Yo venía por la calurosa Urquiza de la tarde de ayer pensando seriamente sobre la vida, sopesando inminencias de un futuro en gestación, a conciencia salida un poco de la consideración exclusiva del presente, o, quizás, más que nunca en esa consideración.
Estaba renegando de mi propia cordura escrupulosa, cuando, a unos metros, vi un hombre canoso en motocicleta que se alejaba por Urquiza, en la misma dirección que yo, y que, mirando sobre su hombro, me saludaba con una mano. Ante semejante gesto inesperado, le dediqué una simpática carcajada y correspondí el saludo. El hombre desapareció en la distancia.
Cuadras después, mi reflexión se había amenizado. Mientras mi cabeza se ocupaba ahora en tender una alfombra de flores sobre el horizonte de la jornada, algo me hizo reparar otra vez en una motocicleta. Era el mismo hombre canoso, estacionando sobre la vereda. "¿Vamos?", me decía, dando unas palmadas a la parte trasera de su asiento. "No, no. Otro día", solté con franca amargura, sin detenerme por un instante. El hombre insistió un poco más y me siguió unos metros. Ante el callejón sin salida de mi espalda hirsuta y el rechazo inmutable que mi espalda pronunciaba, el hombre se resignó y retomó su camino.
A continuación, mi andar se pobló de pensamientos sobre la gente y las sorpresas que nos deparamos entre nosotros. Recordé que Sasa había dicho una vez que la locura creativa y, en mi caso en particular, la risa, rúbricas personales de quien se abre un poco de los márgenes de lo establecido (para acomodarse mejor en los márgenes de lo no tan establecido), descolocan a la gente, desconciertan.
"La vida es un concierto. Por favor, no desafines."
Ésas fueron algunas de las palabras que Mariano recitó del pequeño libro de sabiduría de bolsillo anoche, luego de que el sol hubo caído y drenado con su puesta mi angustia, y Tobías y yo, de pies descalzos sobre las sábanas y con los ojos de la imaginación abiertos, confeccionamos una lista de menesteres imprescindibles para viajar a la estrella Betelgeuse cuando seamos más grandes.  

lunes, 26 de diciembre de 2011

Soy un búho que luego fue una alondra y ahora no es ninguno porque es ambos a la vez. 

jueves, 8 de diciembre de 2011

Esa delgada línea entre los libros de autoayuda y todo lo demás hace un rato dejó de existir.



(por favor burlémonos de mí)

porquería sagrada

El ejercicio consiste en colgarse de la consigna como de un salvavidas en medio del océano de lo desconocido. El bañero pasea en lancha y dice que no sabe nadar. Y en la quietud, y en la comodidad, el termómetro se enfría. ¡Siga el baile! ¡Ay, horrible, imprescindible sinceridad! Este pecho es este nudo y éste es el nido de la idea de Fulano. ¡Ay! Sí. Paprika es esa muchacha histérica que llevás en vos.

Es quien intenta, mientras vos paseás tranquila en bicicleta por las plazoletas de tu imaginación arbolada, treparse a tus espaldas, por la fuerza, y te arroja -vehículo, esqueleto y espiritualidad- a las mismísimas profundidades del carajo.

Una y otra vez, Paprika asoma por una ventana. Desespera, mira y se vuelve a esconder. Escudriña con hambre de ver lo que tiene hambre de ver. Los pelos se le erizan, abominables calambres amedrentan sus músculos, sus partes, sus lunes, sus martes.  
Paprika no sabe descansar.

Yo también soy ella. 
Duermo abrazada a una almohada imaginando que es una persona. Me miro en cada espejo que encuentro. Me observo largamente. Quiero ser linda. Recuerdo a Fulano en cada pequeño momento feliz. 
Lo siento en la brisa, lo evoco en la alegría y la tristeza. 
Le dedico los silencios más profundos. 

Yo soy una gatita mimosa y tranquila. Pero cuando salgo de mi letargo agridulce y sentimental, para subirme, otra vez, al tren de la colectividad y la costumbre, contraigo un poco mucho de Paprika.
Entonces, asomo una y otra vez por la ventana de la realidad. Redacto epopeyas grandiosas sobre la vida feroz que me tiraniza y reduce a la pobre cucarachita solitaria que suelo ser. Soy la misma tragediógrafa que me eligió víctima favorita de las peripecias estúpidas del severo, importante dolor.
Exagero, por supuesto. De gala visto mi sufrimiento; en el país de los lamentos, pues, el mío es Rey. 
¡Oh, Tuerto!

En la ciudad de Mendoza, en octubre, mientras duró el Encuentro de Letras y nuestro placer de foráneos visitantes, la célula madre de una canción de Sui Generis hizo cuchita en mi cabeza. Ya estuviésemos entrando a una ponencia sobre Haroldo Conti, nos encontrásemos tomando una siesta en la sombra generosa de un árbol, o nos viéramos ocupados en la tarea de emborracharnos en el patio del gimnasio, yo cantaba desde el alma: ¡Bienvenida, Casandra! 
Uno de esos días, mi mamá me llamó por teléfono para informarme que mi familia había adoptado a una paloma malherida que encontraron en la vereda. El nombre con el que la habían bautizado era Casandra. 

¿Me atrevo a ser la tuerta entre las ciegas de mi alma? 


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Una vez me escribí en el cuerpo una palabra sobre la cual dijo esto Bob Dylan:

"La verdad era lo último que tenía en mente, e incluso si existía no la quería en mi casa. Edipo salió a buscar la verdad y cuando la encontró, su vida se fue al carajo. Como humorada me parecía bastante espantosa. Así de maravillosa era la verdad."

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Odontólogos, estetas, figuraciones lo aconsejaron. Argumentos fueron: "vos que querés ser actriz" y demás ridiculeces, eructo de neuronas cuadripléjicas en el cerebro de la cotidianeidad (pero yo aseguro, con el aval de todas mis dudas, que cada cosa es, en esencia, un ridículo mayúsculo). Y hoy me miro en la pantalla y sonrío. Miro con más atención. Allí, mis dientes. Siempre falta uno. ¡Y yo, que quisiera ser actriz, debiera de tenerlos todos! Mi dentadura, no obstante, ha sido más generosa en dientes que mi frasco en caramelos. ¿Puedo ser actriz, faltándome caramelos en el frasco, pero no puedo, de carecer mi boca de un mísero, insignificante enano blanco? Incisivo lateral izquierdo para ser precisa. ¿Alcanza? Se sacude el mambo y, en la cresta de la ola, la vida me baila.

sábado, 15 de octubre de 2011

mamá me regaló el tiempo para que invente nuevas formas de decorarlo.

domingo, 2 de octubre de 2011

mi querido mi noche mi fulano