domingo, 18 de octubre de 2009

A un año de tener en mi haber dos décadas de vida, un abismo es la distancia que separa mis dieciocho de mis diecinueve. Digamos que, en realidad, la edad no se define por un día del año en el que la gente te saluda y en el que tenés la obligación tácita de organizar algún festejo, sino que es un proceso continuo. Empieza sin que te des cuenta y justo cuando te estás acostumbrando se termina. El principio y el fin los marcan esos días puntuales, pero en el medio está todo el largo y complejo recorrido que vas haciendo. A dónde me lleva este recorrido no lo sé.