domingo, 24 de octubre de 2010

Atormentada en las paredes de la demencia que erige la cordura.
La sanidad inventa la locura.
Dichosos sean ellos.

Encerrada en el odio hacia lo gutural.
Alguien gime.
Alguien musita.
Alguien carraspea, eructa y regurgita.
Un molusco viscoso acecha en las sombras de lo real,
debajo de la piel de los hermanos, las madres, los maridos.
No hay estatuillas de padres
en mi odio hacia lo gutural.

Una celebración escatológica de la felicidad carnal y mundana me es vedada.
Puedo leer a Rabelais.
Puedo leer a Bajtin.
Me enhebran,
me invitan al jolgorio, denegado por mi fiereza, de su carnaval.

Salga la fiera a correr.
Salga a gritar.

Encerrada en lo obsceno de lo ajeno obtuso.
Alguien alza su fértil hermosura en frente de mis ojos yermos.
Se callan los errores de ortografía.
Se calla la rabia inmoral.
Ella amamanta a la mansa y a la fiera.
Yo me exprimo y me escurro.
No hay estatuillas de padres en mis nuevas religiones.
Hay apenas una madre sudada,
una niña déspota y chirusa,
y un asco marcial.