lunes, 10 de enero de 2011

Anticipo de algo que no acontecerá. Estoy escuchando el ladrido del perro del vecino y no sé de qué escribir.

Empezaré diciendo que mi felicidad está internada en coronaria, y que mi último símbolo de la inocencia tiene una canilla entre las piernas.
Con lo cual queda declarado que estoy bastante triste, y bastante desganada.
Y no me sufice lo terrible ni lo abyecto que atraviesa mis palabras, pues sigo reduciéndolo a lo que aquí ofrezco: signos.
Aplasto la realidad, me sostengo de pie en el escenario precario de mi ficción edulcorada.
¿Y qué con evocar lo bucólico?
A ver, ésta es la cuestión: me senté a escribir no tan empotrada en la pose, y terminé ovillando mis altaneras pretensiones un rato más.
Así que me desentiendo de esto.

Vuelvo a empezar.

Empezaré diciendo algo que no sea ni brillante ni épico, un mero comienzo tímido, en lo posible que evite pecar de epiléptico.
¡Ya me fui al carajo otra vez!

¿La tercera es la vencida? Bueno.

Dije que me molestaba la indulgencia creativa de las niñas buenas y las niñas bien. Por supuesto que esto implica otra batalla conmigo misma, porque con esa mismísima "indulgencia creativa", con esa especie de sana comodidad artística, se emparentaban mis quimeras de ayer. No se aleja de lo que estoy haciendo ahora. Pero qué va, lo pongo en el tapete. Hace poco pensé: "En mi casa no existe el debajo de la alfombra". No me encuentro en mi casa ahora, estoy sentada en la cumbre del precipicio más alto de mi terror. De acuerdo, aflojo con el paroxismo exacerbado. Pero es así, en este momento no estoy en mi casa, estoy en un sótano y camino sobre una alfombra, y siento las pequeñas elevaciones de aquello que se esconde debajo de ella que está debajo de mi pie.
Quise en un principio abordar el tema de los recientes episodios oníricos. Como la monótona realidad que me mantiene viva por el momento es vacua y circular, mis sueños en lo aparente se alzan contra ella en un risible contraste. Nada de pesadillas y nada de tormentos, sino cosas multiformes y heteróclitas y llenas de colores rabiosos, palpitantes. Misterio seductor. Historias, personajes y lugares. Personajes múltiples, personalidades múltiples. La pesadilla y el tormento son reservadas al espectro temporal que abarca desde la tarde que culmina hasta la vigilia que culmina. El ocaso de la vigilia.
También pensé hace no tanto: "El sol se cae sobre todos nuestros días". Esto no tiene ni ton ni son porque nunca lo tuvo. Se paseó por mi mente como una ráfaga efímera, como el resplandor furtivo de una verdad a ser desarrollada, a ser construida, como una invitación a esa verdad. Como una invitación que tan pronto se hizo se retira, y te deja con las ganas.
Así es exactamente cómo se siente esto ahora.