Al borde de traspasar esa línea después de la cual ya no hay regreso, me poseyeron unívocamente todas mis discrepancias, mis silogismos pretenciosos y mis payasadas. Se apoderaron de mí. Heme aquí, anunciando los cambios. Sí, sí, desde el día en que toda la superestructura estrafalaria de mis lunas se me fue al bendito carajo, para consolarme, siempre hablé de 'ciclos'. "Estoy mal ahora porque luego volveré a estar bien."* Sí, sí, hace mucho que mis manos están bastante atadas a la hora de escribir. Pero en este preciso instante ("instante" por nombrar de alguna forma lo que es mi intento de determinarme espacial y temporalmente en un contexto que no existe, haciendo oídos sordos a la conclusión fácil, irrevocable que siempre dice que es, desde el vamos, un intento fallido cuando pensado) la sorna más inofensiva sonríe en mi rostro. Te digo, ésta es -al mismo tiempo que lo que reza el título- la antesala de la cosa, y en su necesaria y hermosa brevedad de antesala está muy bien. Deliberadamente, entonces, estiro el chicle, dilato la vigilia y me pongo a escribir.
¡Un montoncito de moco caerá sobre el brebaje que me ocupe y será la cristalización chillona de una epifanía, finalmente, la visita tan locamente ansiada de quien me anuncie que sí, las piezas encajan, aparecen las que se habían perdido, soy el pez que me encomendó el cosmos que sea, las fuerzas se confabulan, el camino no fue en vano, me congratulo, todo es maravilloso! No estoy en mi sano juicio y tampoco estoy drogada. En pos de lo primero hablaría lastimosamente bien el poder afirmar lo último. ¡Caramba!
Cierto ciudadano ilustre se jactaba de no ser nuestro abuelo y de querer llevarnos a la cama, mientras, entre tazas de café y artículos de copetín en alevosa disonancia con las tazas de café, el común de la gente observaba sin disimulo y comentaba con descaro la situación, que no les incumbía. El susodicho difamaba generosamente a nuestra querida Pura Miel, y con motivo de presentar a Pura Miel lo traje a colación. ¡Adiós, caballero!
"Es monumental", le dije a Pura Miel cuando me increpó sobre su encargo y mi cumplimiento demorado del mismo, para alegar que la magnitud de mi trabajo justificaba una espera larguísima. Cada vez me encuentro menos en condiciones de cumplir con el ida y vuelta básico de las prácticas del mecenazgo**.
"Te hacés desear."
De regreso al tópico que el título del presente texto inaugura, diré:
Éste es el principio del final.
Para suavizar los posibles tintes de drama que aquí surgiesen, retrucaré:
Éste es el principio de un final.
Dicho lo cual procedo a transcribir una porción de lo adeudado, el prefacio del relato de "la noche que nunca y siempre recordaré".
Muchacho de vista extraviada que profesás confianzas no justificadas y me destrozaste el corazón casual y causalmente: he aquí el relato de las aventuras que vengan a sustituir tu recuerdo, la gran epopeya nocturnal y libertina que reemplace con nociones bellas de nuevos hombres y amistades viejas el puesto que entre mis escritos ocupaba antaño el combo de tu jeta de mariposón, tu boquita chueca y su húmedo arremeter soez contra mi cara. Ahora y acá me desprendo de vos.
No es un culebrón de cursis y romanticones, pero los vaivenes del amor, el histeriqueo y el sexo son el mejor condimento. Aclaro, mentí. No será de romanticones pero de cursis sí.
*"¿Vas al psicólogo?", me preguntó Sasa apuntando con un dedo cómico, inquisidor, entre las meditaciones en voz alta, las propuestas emocionantes y los cachetazos retóricos en lo referente a "sacar al monstruo que hay en mí".
"No. Nunca fui."
"Mejor. Esto es más divertido."
Accedí tranquilamente a atribuirle una total certeza y seguimos hablando. De esta forma groseramente sencilla, puse unos preocupantes puntos suspensivos al tema de referir a un profesional mi fuerte sospecha de que padezco de trastorno bipolar. "Pájaro que comió voló." O algo del estilo. No, no tengo un buen manejo en general de los dichos y expresiones del lenguaje cotidiano.
**¡Mecenazgo que sólo me reconoce una recompensa moral! ¡Tengan la debida consideración!