jueves, 21 de julio de 2011

Quisiera volver a leer lo que ya escribí, rompí y tiré.

Esta vez sí fue una carta corpórea, un trazo directamente salido de mí. Una prolongación de mi brazo en ritmos y respiraciones, cursivas improvisando piezas de baile en las imprentas minúsculas que exigí a la birome. Pelitos enrulando la prolijidad, decoración del castillo de papel ceniciento que se alzó sobre el miriñaque de mi reflexión.

Las trombas furiosas del calendario y la distancia se morfaron mis buenas intenciones; me eructaron en la cara. Fui dejada boyando en una selva inhóspita y sentimental.

"¿Estás triste?"

"Lo mismo de siempre", argumenté, de congoja atragantada.

Luego, cansada (y deseosa) de cronopios, preguntaría:

"¿Cómo cambiamos la vida sin salirnos de la vida?"

La silueta de Cortázar sobre un elefante.

El nautilo en el sueño de Santiago.

La taza negra vacía, de las horas en vela compañía. Abrir los ojos y prometer en voz alta que no duermo.

Mi cuerpo no entra en la cama estrecha al lado del teclado, mi mano aferra mi teta izquierda y mi rostro enfrenta, gravedad y mutismo mediante, el terco paisaje de un pobre cielorraso.

En efecto sí fue una carta corpórea. Una entre muchas prolongaciones de mí y de mi brazo. Después de que los fantasmas tuvieran su fiesta, mi gata remolona hizo volar el rompecabezas con un solo desliz de su cola frondosa, y yo quedé atropellando los segundos en la recolección, uno por uno, de los fragmentos del manuscrito que por un momento quise haber recuperado.