Esta vez sí fue una carta corpórea, un trazo directamente salido de mí. Una prolongación de mi brazo en ritmos y respiraciones, cursivas improvisando piezas de baile en las imprentas minúsculas que exigí a la birome. Pelitos enrulando la prolijidad, decoración del castillo de papel ceniciento que se alzó sobre el miriñaque de mi reflexión.
Las trombas furiosas del calendario y la distancia se morfaron mis buenas intenciones; me eructaron en la cara. Fui dejada boyando en una selva inhóspita y sentimental.
"¿Estás triste?"
"Lo mismo de siempre", argumenté, de congoja atragantada.
Luego, cansada (y deseosa) de cronopios, preguntaría:
"¿Cómo cambiamos la vida sin salirnos de la vida?"
Mi cuerpo no entra en la cama estrecha al lado del teclado, mi mano aferra mi teta izquierda y mi rostro enfrenta, gravedad y mutismo mediante, el terco paisaje de un pobre cielorraso.
En efecto sí fue una carta corpórea. Una entre muchas prolongaciones de mí y de mi brazo. Después de que los fantasmas tuvieran su fiesta, mi gata remolona hizo volar el rompecabezas con un solo desliz de su cola frondosa, y yo quedé atropellando los segundos en la recolección, uno por uno, de los fragmentos del manuscrito que por un momento quise haber recuperado.