viernes, 12 de noviembre de 2010

Postales con pezones de un invierno que pasó

12/9/10
Vine a Buenos Aires sin corpiño. Me enteré de esto porque ingresó hoy mi persona en un local de ropa y se aventuró en un cambiador. “Imaginemos con ñocorpi”, dije a mi esbelta compañera cuando asomé por entre la cortina de chiffon bermejo, mostrando la bella remera que acusaba dos tetas respingadas.

Vine a Buenos Aires sin corpiño, sin plancha para el cabello y sin desodorante. De esto me preocupé hoy mientras galopaba con mis salvajes congéneres, pateando la pelota en el jardín. “Chivo como caballo”, confesé. No era necesidad, era evidencia en el aire. Les aseguro que elijo las combinaciones que más pesa dejar olvidadas cuando de viaje.

He venido a Buenos Aires con intenciones demasiado vagas de retomar unos estudios que nunca empecé. Cometí el sacrilegio de entrar en una librería, y llevar lo que debía sumado a lo que no. Macedonio y su Belarte, pues, esperan culposos sobre el edredón lila en la habitación que a mí fue designada en este hogar, y que de tan blanca parece una pompa gigante de jabón.

Zarpé de mi casa allá en Rosario vestida en atuendos que dieron cuenta de lo poco normal que soy. No era muy fiero el sol pero aún así llevé gafas, como pozos negros asilo de mi identidad. Sabía que la gente en la Mariano Moreno me miraba, supe que alguna tuerca en mí no andaba bien. Dudas no había de que mi hermano no me llevaría la corriente, tengo que pasar por francesa, mas él no sucumbiría a mis encantos, no los sabe ver. Tengo que hablar otra lengua, tengo que pasar por francesa, sólo así salvo el pudor. Miraba a mi hermano caminando como un mono empilchado y sopesaba fábulas. ¿Qué hacer? Rápido, la gente mira. Mariano me hablaba de vez en cuando, lo miraba y sabía que me mandaría al más grande carajo si le hablaba en francés, pero allí estaba, la gente miraba, mi hermano parlaba y yo tenía que sostener el papel en el que me enfundé. Detúveme en la observación del empilchado cuando él me habló, lo apunté con mi nariz y como con cara simplona de inocente no entender, respondí moviendo la cabeza. Así se comportó mi fanfarrona silueta de francesa farsante en Rosario, y cuando hube de hablar, lo hice por responder, y cuando hube de responder, con monosílabos lo hice. Sobreviví los minutos hasta que nos acomodamos en el sillón-cama de Empresa Argentina, desenvainé de las gafas mi mirada y me sumí en la cadencia del viaje. Mis tetas se bamboleaban.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Uno
Refriego mi sucia mano izquierda por el interior oleoso de la oreja de Yaco, hermosa solapa de grasa y piel rosa. Tumbado, amaga levantar la pata para que le rasque el estómago. Pero mi mano se planta en su oreja sebosa, y él se vence resignado. Mi sucia mano izquierda regresa a las andanzas, a los botones, desoigo la voz que dice "Dos y diecisiete de la madrugada de un domingo". Prosigo analítica. Yo no sé si de pronto es que las marañas modernas que me vienen a la mente se acercan en demasiado similar y tortuosa medida a Freud y a la Verdad, o si es que yo mezclo mucho Freud y Verdad en un mismo plato. El resultado, sea como fuere, no me sabe bien.
Yaco se fue. Me cuesta entender cómo a las dos y diecisiete de la madrugada de un domingo sigo oyendo motores que suben por Avellaneda, autos invisibles galopando como a la inversa de un gigante tobogán nocturno. Sueño Avellaneda como un Leviatán que se traga las almas y lo enarbola con luces amarillas.
Mi sucia mano izquierda se contorsiona quebrando el dedo pulgar. Quiero decir que tengo un tic. Suelo disparar con mi tic estallidos en mi hermano, que no aguanta más el ruido que mi tic hace. Suena y se nombra como suena: tic.
Prosigo (psico)analítica. A veces quisiera, pero no miro porno. En verdad mirar no quiero. No quiero estar ciega. Soy miope. Quiero coger. Ahora.
Prosigo ahora más lineal. Principio, desarrollo, desenlace. Fin.

Dos
Pinchazo primero. Bajo del auto, que en esta lengua y en esta situación se llama taxi, y siento el pinchazo de electricidad de la puerta en mi mano que la cierra. Bajé y camino hacia algún destino, que en esta situación y en este momento ya no recuerdo. Siempre olvido las cosas que tengo ganas de narrar en detalle. Siempre olvido el orden de los factores y deformo el producto.
Me pica el pie. Tic! Tic!
Dos cuarentaidós de la mañana.
Me está doliendo el piso en el culo.
Tic!
Así que os decía, bajé del taxi, cerré la puerta y sentí un pinchazo. Ese pinchazo se repitió tres veces ese día, porque tomé tres taxis, o dos taxis y un remís, o un taxi y dos remises. Y mi cabeza agarra el pinchazo y le pone la cara de una persona concreta que intervino en las historias-pinchazo de la velada. Me detengo antes de decir noche, pues ésta me asume cosas que no son del todo ciertas. Antes dije día y dije mal. Y si bien velada suena más bien a una versión elegante de lo que ocurrió, una velada me asume una longitud que una noche me privó.
El significante me desenmascara: una noche me privó. Una noche que yo aquí designo velada me privó de algo, que quedó en las sombras. Una verdad detrás de un velo, una verdad velada. Una noche privada. "¡Es privado!", le dije a Caniche. Pocas cosas hubieron de quedar realmente privadas a mis contertulias en el torrente de mi discurso de esa noche privada. ¿La noche quedó privada de sexo? Me piso, lectores. No fue la noche. Yo quedé privada. "¡Es privado!", dije privando a Caniche del objeto de su curiosidad, cuando me preguntó qué me estaba imaginando. Más bien, cómo me lo estaba imaginando. El sexo, claro está.

Tres
Estaba el diablo mal parado, y estaba yo sentada. En la esquina del barro, en el barro de la tristeza. "Triste y sola", sopesé. Mis piernas recogidas debajo del algodón negro del vestido y mis abotinados negros y blancos conteniendo mis pies. Mis senos debajo de las flores azules. La moto a poco más de un metro con cada momento que pasaba se veía más criminal. Todas las motos son criminales desde que me robaron. La moto sacó a mis dos ojos vidriados del pavimento y me hizo parar. Aún triste y sola, mas no recogida ya en el suelo.
Canté como una cabaretera, mientras Sebi, Pau y Facundo me miraban desde detrás de una Heineken de litro, una vez entrados al bar. Hice ademanes con las manos y revoleé los ojos, fundamentalmente basta con decir que fui una cabaretera, canté una oda a la Vida y al Cabaret. Son éstas cosas que sí place poder encontrar a veces en un mismo plato.
Mis dedos pedestres se quejaron del suelo recorrido en el intento de emprender un regreso. Con esto me refiero a que no había taxi, y ya me había cansado de caminar. Interceptamos violentamente a quienquiera que haya sido que salió de uno y nos metimos aliviados. La felicidad se sintió muy parecida a cuatro pares de cachetes en un asiento. Percibí que ellos llegaron bien porque alguno me deslizó un dinero entre las manos, y vagamente los vi bajar. El taxi siguió su camino hacia mi destino, y me dormí otra vez. Agradecí por inclemencias axiológicas que la conductora fuese mujer. Recibí bien sus comentarios. Me enteré de mi propia llegada porque una alarma silenciosa dentro mío alzó mi cabeza, y mis manos pagaron lo debido a la mujer. Agradecí que hubiese sido mujer. Salí del taxi. Estaba cansada como nunca pero ya no triste como recordaba. Cerré la puerta y no sentí un pinchazo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

"Vení que toco algo",
dije a mi cómplice
aprovechando que el bar era un tumulto de gente que iba y venía sin mirar.

Nos escabullimos hasta el piano,
abrí la tapa.

"Hoy saqué Something",
dije.
Acto seguido,
toqué All my life.

Mis deditos no parecieron temblar al principio.
Mas luego un estudiante de Arte que pasaba de pronto me dijo:
"Tocate un punk rock",
y me desbaraté.

¡Ay, ay, ay! El vacío debajo de mí,
no había silla, toda silla
la abarrotaba la muchedumbre,
la muchedumbre
me incomodó.

¿Toco Something?
¿La toco?
Dudé.
Miré
el mi, el sol y el do con que empezaba la derecha,
y rajé.

Nos aplastamos en los antiguos asientos. Di un sorbo al tinto y me guardé el puchero.

Un grupito se amuchó
en torno a una melenuda
sentada en una silla frente al piano.

Mi pánico a continuación
se convirtió en un niño de carne y hueso
timorato con pecas y un apósito en la pera.
Se paró al ladito del piano
y se acurrucó en la esquina contra la pared,
espiando con recelo en la penumbra de la luz verdosa y mi fabulación.

Me entristecí un poco cuando mi niño me dijo al oído que la melenuda estaba tocando
All my life.
Me acongojé algo más cuando me susurró que estaba tocando Something.
Él hizo pucherito.
Bueno, ya que ya, seguiré escribiendo.
Tïtulo, título.
Pongo cual tarea la consigna nombre, con lo que me refiero a poner un título que anteceda a lo titulado. (Ni siquiera es verdad, porque empecé a escribir antes de elegir el título.)
Pero sí es cuestión de que hoy caminaba y pensaba cosas, o las pensaba cuando dormida, cuando en el bondi, cuando remordiéndome por las penurias sufridas por la pobre Anahí. Aguantame que ahí voy. Cuántos mensajes míos suenan como ése. Siempre haciendo al otro esperar.
Y así también decir "Creo que se me está haciendo tarde", cuando me pasé dos horas del horario.
Horas, días.
Hace más de cuatro días, aunque no sé ni me interesa saber realmente cuántos, entregué un maldito folio con hojas de papel adentro. ¡Nada más maldito que un folio con hojas de papel adentro!
Y me pierdo, y me vuelvo a encontrar. Pensé recién, pero no recientemente: "¿Ésta es la que yo era?" Y casi que la respuesta es sí.
Casi, casi.
"Ya lo sé."
"Sí, sí, vos siempre sabés todo."
Te equivocaste. Sólo casi. Hoy no sé.
¡Sagaz! Un muchacho me llamó sagaz. ¡Muchacho! Ojalá vos sepas lo que yo no.
Ojalá la chica sagaz de la que vos decís saber haya entregado un folio maldito que se convierta en bendito y así se desenvuelvan en lo venidero demás asuntos de su terca existencia.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Tomados mecánicamente de la mano en un intento de cumbia nos balanceamos Totó y yo. Él desprendía la medida justa de un suave olor a vino fuerte, la justa como para no dictaminar sentencias temprano, la justa como para balancearnos así. "¿Qué es esto? ¡Un vals del subdesarrollo!" Lo interesante que decir se fue perdiendo en lo dicho, la noche moría joven. Otra vez nos somos compañía en la ronda en el piso, mientras el frío golpea las espaldas y las tetas se escapan siempre un poco. "Qué linda, qué maravillosa que es Lulú", sigo pensando, y las certezas se asoman a la luz de una tristeza. Cosas como la tristeza en veladas como ésta suenan a monólogo interior reflexionando el anotar en mi agenda lo muy pertinente de que hoy me perdí una clase sobre Macedonio Fernández.