sábado, 30 de mayo de 2009

Historias de Berlín

Una multitud de historias individuales pueblan los bajos de berlín cada fin de semana, y yo soy conciente de esto porque con el tiempo, entre algún que otro whisky, tal vez oyendo algo de The Cure de fondo, de a poco fui descubriendo un sinfín de ellas. Como cada cual tiene su encanto e impronta personal, un buen día las quise dibujar. Así, ahora tengo una libretita muy linda (con las marilyns de Warhol en la tapa) llena de personajes.

Un rosarino petiso y gordinflón de prominente pelada e interesante bigote, medio fumanchero y con cara de pícaro se gana la vida vendiendo sombreros en España. Cuando nos conocimos se le dio por llamarme "Reina".
Una muchacha de tez nívea y oscuro cabello se asemeja asombrosamente a Björk y cuenta en su cuerpo con un gran número de tatuajes. Cuando la conocí me presenté diciéndole que era neozelandesa para llamar su atención y un par de veces me la he vuelto a cruzar y la he saludado, en inglés.
Una señorita del interior con una tonada muy simpática se adorna el cuello con pañuelos y cierta noche me contó sobre su madre psicóloga, su intensa filosofía de vida y su afición al cucumelo y la marihuana.
Álvaro -y he aquí el notable hecho de que gracias a haberlo anotado en mi libreta hoy puedo citar con orgullo el nombre- es abogado y berlinea en sandalias y con una linda remera de la Naranja Mecánica. Aquella noche me habló sobre romper con los cánones de nuestra sociedad.
Un joven estudiante de Historia mide cerca de dos metros, tiene los pelos muy desordenados y usa unos lentes muy de intelectual, cosa cliché. Fue muy directo al aclararme que la amistad no era el fin que él tenía en mente para nuestra conversación.
Juani es rugbier y su apariencia lo delata, pero para mi grata sorpresa resulta ser que también tiene un avasallante sentido del humor, estudia psicología con afán, maneja muchos idiomas y es un gran caballero. Un día me lo topé en un supermercado, nos saludamos muy contentos y él se puso a charlar con mi mamá.
A él le dicen Shaggy, es estadounidense y no por casualidad es idéntico al personaje de Scooby Doo. Sabe hablar bien castellano pero no sabe callarse y le faltan unos cuantos tornillos.

Como estos los hay en más cantidad y aún mucho más interesantes y curiosos. Para mostrárselos todos tendría que revolver en mi cabeza y en mi libreta un buen rato más, pero les aseguro que el recuento nunca termina. Con cada dialéctica de trasnoche con personajes tan distintos, Berlín poco a poco se fue dibujando a sí mismo en mi mente como un lugar mítico, un lugar en el que, quién sabe, tal vez yo sea también el personaje de la libreta de alguien más.

Ramona