Era una casa muy grande y espaciosa que habían comprado en mal estado con la intención de remodelarla de acuerdo a sus expectativas más audaces, pero estaba sin terminar. Cualquier adulto sentiría frustración de tener que lidiar con la ardua tarea de hacerse cargo de semejante titán, pero cualquier niño pensaría que no se trataba sino de un detalle menor, y más de un niño sencillamente no pensaría nada. En efecto los niños se divertían mucho, y repartían su diversión por todos los rincones de la casa.
Una noche, que podría haber sido cualquier otra noche, la niña se encontró de nuevo pensante e insomne y vio con asombro que la luz del baño se prendía, y que no había nadie allí que la pudiese haber prendido. Una noche, que también podría haber sido cualquier otra noche pero que probablemente no fue la misma noche porque ésta no tiene por qué ser la historia de un par de extraordinarias coincidencias, la niña vio en sueños cómo Jorge Guinzburg entraba con una banda de ladrones a robar a su casa. Por años la niña recordaría su bigote y la cara lozana detrás de aquel bigote, su silueta menuda y gordinflona detrás del vidrio de la puerta, el instante, congelado y ardiendo, inmediatamente previo a todo lo que viene después.
La otra era una casa más pequeña y menos espaciosa pero no había que terminarla, por lo que cualquier adulto se sentiría a gusto y tranquilo pero cualquier adolescente habría encontrado las habitaciones demasiado estrechas, y en efecto así lo eran.
La joven no llevó la cuenta de las muchas noches que la sorprendieron en su estrecha habitación nueva pensante e insomne como antaño, pero en efecto las noches fueron muchas. Los senderos de su mente la llevarían en ocasiones muy lejos, demasiado lejos hasta perderse en un remolino afiebrado de imágenes confusas, rostros macabros, carcajadas sombrías, lúgubre penumbra de sus lugares oníricos más privados. De pronto el temblor de las hojas tiernas de la enredadera, el lamento de un gato desvalido o la canción nocturna del viento la harían crujir y su corazón galopante se sumergiría en conjeturas sin fundamento que le inyectaban irracionales escalofríos de miedo en la espalda.
La cocina era más bien grande y considerablemente cómoda, especialmente encantadora en las mañanas y más especialmente cuando se estaba en soledad. La joven muchacha apreciaba mucho los momentos de soledad, la luz temprana que entraba por la ventana, la firme, enorme mesa de algarrobo. El sonido furioso del timbre le erizó un poco los pelos aquella mañana, que ya no podría ser ninguna otra mañana sino ésa, y por un momento su mente no pensó en nada. Un segundo timbrazo atravesó como un cuchillo el aire, esta vez su cerebro maquinando a todo vapor, y ella se percató de su corazón empezando a galopar sin retorno, agitado y asustado una vez más como en cada noche insomne, como sus ojos prendiéndose sin remedio de ese bigote, de ese rostro rubicundo y afable detrás del vidrio, agitado y asustado, como tanteando el pánico de aquel momento, congelado y ardiendo, previo a todo lo que vino después.