domingo, 7 de marzo de 2010

Una semana sin alcohol (o la historia de unos pocos días que parecieron muchos más)

¿Cuántos? ¿Ocho, nueve? Bueno, ocho, nueve días que parecieron años. No, no ocho, nueve días sin alcohol, sino ocho, nueve días que parecieron años.
El umbral de todo lo que sucedió antes de los ocho, nueve días que parecieron años termina con un fin de semana hace ocho, nueve días.
Triatlón de berlín. Jueves. Anahí, luciana, laura, yo. Cervezas que van y vienen. Viernes. Pamela, carolina, yo. Pocas cervezas que van y vienen. Sábado. Soledad, yo. No, no la soledad que tanto nos hace sufrir, la muchachita de carne y hueso y pensamientos ristolertos con el mismo nombre. Ninguna cerveza. Frustración. La luna nos mira desde lo alto espléndida y radiante mientras nos vamos en el taxi quejándonos de la vida y sus vaivenes. Como para hacernos sentir apenas un poquito peor. '¡Pero qué carajo importa la luna ahora!', llorisquea sole. 'Sí, sí importa. Es todo lo que no somos.'

'Nada de remolacha, nada de papas fritas y nada de alcohol', dijo la médica que tenía un nombre que me gustaba pero que no recuerdo. Y vinieron las lágrimas sobre mi pobre almuerzo, y las tormentas en mi interior, y tirar del gatillo de mi culpa hacia la primera persona sin suerte que se apareció en el horizonte (mi mamá). Por las dudas que todo ello no alcanzara me indispuse.

El jueves me sorprende con una mañana clara, despejada y silenciosa, tranquila. No sé si fue una decisión o no, pero decidí no comer nada en todo el día. Anahí nos prestó sus oídos sensatos a mí y a mi verborragia enfermiza. Cae la noche y mi querido tim me dispersó, al tiempo que también me decepcionó (lo que ilusiona decepciona en la misma medida), con su alicia. Me despiertan los beatles en mi teléfono: 'Sofi, estoy a una cuadra de tu casa en una fiesta. ¿Querés venir?' 'Estaba durmiendo, sole.'
El viernes me agarra de los pelos con un mediodía atropellado y aturdido y un sol violento que raja mi cabeza y se cuela en mi cerebro. Decido, si es que en verdad decido algo a estas alturas, volver a no comer. Las palabras y mi manía de la significosis van y vienen estériles en un péndulo que oscila entre un teclado y una birome. La luna me ofrece la ilusión de una pequeña felicidad. El sol me la arrebata demasiado pronto.
Sábado. Dejo de mirar absorta el techo de mi casa para peregrinar por el pavimento que hierve bajo los rayos furiosos del día. Destino, mil y una librerías llenas de aire acondicionado, libros que no puedo pagar y gente pelotuda; destino último, domicilio de mi abuela. Llega mi papá. El vacío angustiante oprime mi esternón y los ojos se me llenan de tristeza, una tristeza que no tiene nombre ni dueño.

'Qué rico café, abuela, ¿es el Juan Valdez?' 'No.'

Cinco de la tarde, juli, ceci, yo. Ceci y juli escuchan, me muestran esas sonrisas que iluminan cualquiera de mis nubes y mis lluvias. Ceci dice que soy igual a Meryl Streep. Sonrío yo también (cómo no sonreír cuando alguien te dice que sos igual a Meryl Streep).

'Está riquísimo el café, abuela, ¿es el Juan Valdez?' 'No.'

Cae la noche, cena alrededor de la mesa familiar. Les cuento a los comensales que en mis ratos libres me gusta hablar sola. Mi hermano testifica: 'Sí, ya lo sé, yo te escucho cuando lo hacés.'

Sábado a la noche más entrada la noche, en la pieza de mi abuela y sobre su magnífico colchón digno de un rey, agus y yo nos volcamos a una sesión de psicoanálisis bilateral. Nos confesamos nuestras suciedades más ocultas y de a poco vamos llegando a algunas conclusiones. En mi mente aparecen las caras de las personas que en los últimos días, que parecieron años, fueron rompiendo en pedacitos mi atroz silencio, anahí, ceci, juli, agus, juan valdez, gracias, muchas gracias.

Hoy, mediodía, fideos, Nalbandian contra un sueco. 'Anoche estabas hablando sola', me delató mi hermano. '¡Sofi, me das miedo!', bromeó alguien (aunque una broma nunca es del todo una broma).

'¿Querés café, sofi? Éste sí es el Juan Valdez.'

¿Cuánto? ¿Una, dos horas? Mi hermano me interrumpió sólamente para que fuera a mirar cómo Boghossian pateaba y metía el penal. Después que lo hizo vino mi papá, nos cebó unos mates, me di cuenta de la hermosa sombra azul de la tarde que se posaba sobre nosotros. Y me volví a terminar de escribir esto. La última parte se me pasó bastante rápido.