Dejame de joder, te digo que me dejes de joder!
G. la miró cansado, como se venía sintiendo desde hacía rato. R. se había puesto, con el tiempo, muy rompepelotas. Era irónico que ella le estuviera diciendo a él que se dejara de joder.
Ves, pelotudo? Me tiemblan las manos, no sé qué más decirte, me exasperás.
G. masticaba despacito la bronca, se empezó a apretar en el puño un huevo para aguantar escupir las cosas que quería escupirle.
No trates de ayudarme, nene. Me voy.
R. salió de la estación de servicio caminando rápido, como para que la baja temperatura le azotara un poco la cara y la hiciera sentir más viva. Era de día en la ciudad fría, una mañana ideal para bajarse una botella de coñac.
Me servís un trago?
Qué querés tomar?
Quedó ron?
No.
La puta madre, qué tienen adentro ustedes, una esponja?
No, pendeja, estamos más secos que una piedra pómez.
Son una manga de mierdas, pelado, vos y todos tus muertos son una manga de mierdas.
Te puedo ofrecer ferné, piba, nada más.
Bueno, dale.
R. bebió hasta saciarse y coronó la ronda con un hermoso y sonoro eructo.
Por qué estás tan borracha, nena, por qué hacés siempre lo mismo?
Vos me preguntás que por qué, que sí, porque estoy, borracha, decíme, leíste, eh, vos los cuentos de Dublín?
No sé por qué sos así.
Dejame en paz, tarado, ser borracha. No estoy, nene, dejame, soy! Qué te tengo que explicar, explicarte yo a vos, qué. No me quieras preguntar qué me pasa si no me das uno de vino, barato me das el vino porque caro de los buenos no, qué tenés, no me quiero, no quiero que me ayudes, salí.
Como digas, nena, chau.
R. se fue al baño a vomitar un poco pero no pudo, luego se cansó y se sentó en el piso mugriento abrazada al inodoro.
Que no me jodas más, no quiero tu lástima, sacá esos ojos de marrano que tenés cuando me mirás que yo me lamo las heridas sola, mojigato, sorete, pánfilo.
Cerró la puerta y puso la traba, quería estar en la intimidad con el inodoro, acaso entrara algún bueno para nada a joder un poco más.
El piso seguía sucio y pegoteado debajo de las piernas acurrucadas de R. cuando ella dejó de respirar. Los demás demoraron unas horas en preguntarse por dónde andaría y empezar a buscarla, y cuando dieron con el baño les dio trabajo abrir la puerta. Sobre todo, les costó mucho forzar la traba desde afuera.