Uno
Refriego mi sucia mano izquierda por el interior oleoso de la oreja de Yaco, hermosa solapa de grasa y piel rosa. Tumbado, amaga levantar la pata para que le rasque el estómago. Pero mi mano se planta en su oreja sebosa, y él se vence resignado. Mi sucia mano izquierda regresa a las andanzas, a los botones, desoigo la voz que dice "Dos y diecisiete de la madrugada de un domingo". Prosigo analítica. Yo no sé si de pronto es que las marañas modernas que me vienen a la mente se acercan en demasiado similar y tortuosa medida a Freud y a la Verdad, o si es que yo mezclo mucho Freud y Verdad en un mismo plato. El resultado, sea como fuere, no me sabe bien.
Yaco se fue. Me cuesta entender cómo a las dos y diecisiete de la madrugada de un domingo sigo oyendo motores que suben por Avellaneda, autos invisibles galopando como a la inversa de un gigante tobogán nocturno. Sueño Avellaneda como un Leviatán que se traga las almas y lo enarbola con luces amarillas.
Mi sucia mano izquierda se contorsiona quebrando el dedo pulgar. Quiero decir que tengo un tic. Suelo disparar con mi tic estallidos en mi hermano, que no aguanta más el ruido que mi tic hace. Suena y se nombra como suena: tic.
Prosigo (psico)analítica. A veces quisiera, pero no miro porno. En verdad mirar no quiero. No quiero estar ciega. Soy miope. Quiero coger. Ahora.
Prosigo ahora más lineal. Principio, desarrollo, desenlace. Fin.
Dos
Pinchazo primero. Bajo del auto, que en esta lengua y en esta situación se llama taxi, y siento el pinchazo de electricidad de la puerta en mi mano que la cierra. Bajé y camino hacia algún destino, que en esta situación y en este momento ya no recuerdo. Siempre olvido las cosas que tengo ganas de narrar en detalle. Siempre olvido el orden de los factores y deformo el producto.
Me pica el pie. Tic! Tic!
Dos cuarentaidós de la mañana.
Me está doliendo el piso en el culo.
Tic!
Así que os decía, bajé del taxi, cerré la puerta y sentí un pinchazo. Ese pinchazo se repitió tres veces ese día, porque tomé tres taxis, o dos taxis y un remís, o un taxi y dos remises. Y mi cabeza agarra el pinchazo y le pone la cara de una persona concreta que intervino en las historias-pinchazo de la velada. Me detengo antes de decir noche, pues ésta me asume cosas que no son del todo ciertas. Antes dije día y dije mal. Y si bien velada suena más bien a una versión elegante de lo que ocurrió, una velada me asume una longitud que una noche me privó.
El significante me desenmascara: una noche me privó. Una noche que yo aquí designo velada me privó de algo, que quedó en las sombras. Una verdad detrás de un velo, una verdad velada. Una noche privada. "¡Es privado!", le dije a Caniche. Pocas cosas hubieron de quedar realmente privadas a mis contertulias en el torrente de mi discurso de esa noche privada. ¿La noche quedó privada de sexo? Me piso, lectores. No fue la noche. Yo quedé privada. "¡Es privado!", dije privando a Caniche del objeto de su curiosidad, cuando me preguntó qué me estaba imaginando. Más bien, cómo me lo estaba imaginando. El sexo, claro está.
Tres
Estaba el diablo mal parado, y estaba yo sentada. En la esquina del barro, en el barro de la tristeza. "Triste y sola", sopesé. Mis piernas recogidas debajo del algodón negro del vestido y mis abotinados negros y blancos conteniendo mis pies. Mis senos debajo de las flores azules. La moto a poco más de un metro con cada momento que pasaba se veía más criminal. Todas las motos son criminales desde que me robaron. La moto sacó a mis dos ojos vidriados del pavimento y me hizo parar. Aún triste y sola, mas no recogida ya en el suelo.
Canté como una cabaretera, mientras Sebi, Pau y Facundo me miraban desde detrás de una Heineken de litro, una vez entrados al bar. Hice ademanes con las manos y revoleé los ojos, fundamentalmente basta con decir que fui una cabaretera, canté una oda a la Vida y al Cabaret. Son éstas cosas que sí place poder encontrar a veces en un mismo plato.
Mis dedos pedestres se quejaron del suelo recorrido en el intento de emprender un regreso. Con esto me refiero a que no había taxi, y ya me había cansado de caminar. Interceptamos violentamente a quienquiera que haya sido que salió de uno y nos metimos aliviados. La felicidad se sintió muy parecida a cuatro pares de cachetes en un asiento. Percibí que ellos llegaron bien porque alguno me deslizó un dinero entre las manos, y vagamente los vi bajar. El taxi siguió su camino hacia mi destino, y me dormí otra vez. Agradecí por inclemencias axiológicas que la conductora fuese mujer. Recibí bien sus comentarios. Me enteré de mi propia llegada porque una alarma silenciosa dentro mío alzó mi cabeza, y mis manos pagaron lo debido a la mujer. Agradecí que hubiese sido mujer. Salí del taxi. Estaba cansada como nunca pero ya no triste como recordaba. Cerré la puerta y no sentí un pinchazo.