I
Eros está al acecho detrás de una mirada oscura, detrás de dos ojitos blancos que brillan sobre una mata de negra opacidad. La oquedad se hace materia en él. Eros acecha en el miedo.
El ángel se revolotea lozano y culón. Esquiva siempre un poco a Eros, y a veces lo mira. ¡No te rías más de mí, querubín!
II
Había cosas como tu fuente y ser yo uno de los duendes que vivían entre mis rulos, frente a la inmensidad de cemento. Había cosas que, como tu fuente y el agua de tu fuente, nunca son dos veces la misma cosa, sino apenas representaciones parecidas de algo que creemos saber. Cosas fugaces como palomas. Palomas como las que yo corría sin éxito. Había mucho y había incluso duendes, y los duendes querrían poder seguir tocando sus tambores invisibles detrás de mis muebles. Pero sobre todo y antes que nada, había cosas fugaces como yo.
III
La ebullición de algo me enceguece. Mientras, tablones crujen en mi recuerdo de un suelo de madera. El suelo inclinado de una habitación antigua. La habitación de una casa con olor a miedo, polillas y monjas viejas. La ebullición de algo me enciende. Una mano invisible asciende desde mi sexo y me duele el aire. En una esquina estaba el piano que tocaba Cristian. El piano al que hacía el amor de oído. "Cristian no toma whisky", dijo Georgia. "Cristian toma lo que encuentre", con la peor mirada del aprendizaje no querido. Y nosotros nos apoyábamos en la ventana del lado de afuera, mientras la vereda jugaba con nosotros y nos dibujaba una rayuela y un grillo entre el yuyo. Había siempre cuentos y corridas, espolvoreados con estrellas. ¡Ah, allá, allá arriba! Sonaban los ecos de un televisor en el mundo de los adultos. Érase una puerta cerrada que se abría lenta, y adentro una muñeca fea. Allí quedaba mi hermano con mi prima. Agraciado fuese entonces el universo de los grandes que un poco me retuvo. Pienso en la palabra escapar. Adentro estaba en la opresión la muñeca fea. Una mano que sube. Un juguete añejo me enceguece.
IV
"Eu, mirá. Tiene un hiperónimo en la cabeza."
Me resigné a mascullar mi reproche en silencio, y me ajusté el hipónimo con un ademán felino. El alocutario del profeta de inexactitudes me observó y se hizo con el bombín.
"Qué lindo gorro", escupió.
V
Nudos de pólvora en los dedos. Muevo las articulaciones saboreando la sal de las últimas veces. Espero un mamífero con garras que me arranque las manos, que arranque su no gestación y la perpetúe.
¡Ven a mí!
Pero sigo moviendo las manos saboreando la sal de las últimas veces. Quema sólo un poco la pólvora en las yemas. Despacio. ¡Quédate un poco más entre nosotros!
Oh, mamífero. ¿Serás la sangre que sería la vida?
Oh, rumiante. Así.
VI
Mãr!ånø dice:
que estas haciendo blattodea
safo dice:
nada, cucaracho
VII
Abro la alacena en busca de la miel y recuerdo a Paula. Son contadas cuando no nulas las veces en que yo acudo o me acuerdo siquiera de la miel. "Me tomé un té con cinco sacos", dijo una vez Totó, o dijo algo así. "Tiene más cafeína que el café", avisó. Ante la premura de un futuro sabido insomne, preparo té. Son contadas cuando no olvidables las veces en que tomo té. Son muchas las ocasiones de vigilia demasiado prolongada. Esta miel que busqué en la alacena tiene unos tres años y la compré en un viaje a Córdoba. El té invita el sabor de la miel y el sabor de la miel me trae el sabor de una delicia artesanal de Córdoba que compartimos con Paula tres años atrás. Ese día me dije que no iba a olvidar. Siempre que narro extravío detalles y menoscabo mi optar de lo sustancial que narrar. Siempre pierdo lo que quiero recordar, olvido lo que prometo no perder. Estábamos sentadas, Paula querida, y nunca la naturaleza en su remanso me pareció más hermosa e inaudita. Estábamos sentadas frente a una mesa de concreto con azulejos de colores que formaban un tablero de ajedrez, y contemplábamos un laberinto reverdeciente. Lejos los niños jugaban. ¡Evoco el chocolate blanco y la miel! Nos deleitábamos con bombones. Yo pensaba que estaba teniendo mi minuto en el País de las Maravillas; era así. Un pajarito se acercó mucho a nosotras, no sé si recordarás. Tu amiga se sentía plena. Fue un momento muy feliz.
VIII
Puede que sea de madrugada y yo me encuentre afuera de un bar llamado McNamara. La muchedumbre de los subsuelos aparece y desaparece de a dos caras o tres. Con el tiempo Rosario se achica, es una de sus cualidades. No sé si sucede que el presunto ambiente que menciono bien sea dado en llamar minúsculo o si es que todas las faces me son iguales.
Puede que seamos tres mujeres lozanas en un departamento del Rucci imbuidas en la charla de las vidas, mientras tironeos en la pierna me avisan que me araña un gato juguetón.
Entonces la gente se yergue entre las dunas de mi silencio y empieza a hablar sobre Foucault; entonces mi blanco mortecino observa impávido instantáneas de la historia ajena. A veces, entonces, me convierto en una de las personas menos interesantes que he de conocer.
IX
La inquietud es un animalejo dentro mío.
Camino por la vida y:
1) Rindo exámenes de obediencia sumisa.
La inquietud es un canarito que anida en mi pequeño corazón y pía.
Mi cortejo oficial se compone de una fila de Silencios Respetuosos y Reverencias Aquiescentes presididos por dos Ojos Mancebos.
2) Esbozo exuberancias dulzonas, levemente sensuales en las afueras primeras de los márgenes de la pared.
La inquietud es un gato ronroneante que afila sus garras y ofrece un relámpago de belleza a las miradas profusas. Fugaz, no confundir.
3) Mancillo los honores y sus revestimientos. Quedo rota por fuera y por dentro, ando de andrajos. Eyecto las maravillas y las magias de ayer.
La inquietud es un perro sarnoso. Fiel a la dialéctica, al esclavo, a la dialéctica del amo, aléjase por tanto de él. Aúlla su agonía empero.
La inquietud es un animalejo / es un regalo de la vida.
La vida es el regalo / es la imposición de él.
Pío pío.
X
La alegría sigue agitando los brazos de su amiga, cuando de pronto:
Memento mori.
Una presencia oscura habitándola, una pesada opacidad y un fantasma enloquecedor. Algo turbio le recuerda siempre a la chica sorprendida intentando abrirse paso que vivir significa ser-para-la-muerte.
Alguien muy parecido a la Mala Fe despierta y detiene las palabras que empiezan a sugerir una náusea que aguarda en cualquier árbol en el que a ella se busque adrede.
El ser-para-la-muerte se transforma con un poco de voluntad en ser para haber vivido.
Hic bibitur.
Su amiga le alcanza un vaso.
“Aquí se bebe”.
Hic vivitur.
Levanta ella también un poco los brazos, hace de cuenta que baila.
“Aquí se vive”. Esto musitó la chica que aquí suscribe.