sábado, 11 de diciembre de 2010

No estoy llorando, pero sentí hace un momento cómo se revolvían las miserias dentro de mi puño cerrado. Por primera vez toca a la puerta esta vieja amiga de la mano de este contexto particular. La Tristeza. Una mayúscula para un eufemismo y un eufemismo para una estupidez insondable. "Escribo para no llorar", se escuchó en los confines de lo conciente. "Escribo para encontrar otras formas de llorar", alguien en las sombras sentenció.
Fui muy de pronto extraída de mi mundo por la sustancia extensa de la realidad que me circunda, alcé la vista.
Mi hermano me arrojó una caja de Tic Tac.

La mencionada vieja amiga me acompañó siempre y se siente a veces como si fuese la única compañía posible.
Una vez una niña de seis años lloró sentada en un banco en un colegio pensando en muñecas de trapo.
Una vez una adolescente  de catorce años lloró frente a un espejo en un hotel del sur, presa de lo pequeña que se siente a la hora de los enfrentamientos.
Una vez una muchacha de veinte años lloró un Día de la Madre en la terraza, con el pellizco de un frío sensual en la piel y con la mirada contemplando la dulce muerte de la tarde.
Siempre son terceros los que intervienen.
La amiga no viene sola. Emerge de las profundidades con la fuerza de mil rostros.
Duelo con la nitidez de los rostros.

"No sé, es medio tonto pero, por ejemplo, una vez vi una mariposa en el cementerio. Sentí que era él." Los instintos se callan al hablar de él. Una voz se alzó en mí y, pronta al naufragio, apenas eso balbuceó.