Estaba llevando a cabo una trabajosa labor de lectura retrospectiva y minuciosa, estaba oficiando de detective a la caza de índices de potenciales peligros y locuras -que, quizá, ya se hayan manifestado hoy-.
Pero me detuve ahí.
En la palabra Termidor, el nombre de un vino berreta y bien conocido.
Porque llegué hasta Termidor después de leer la palabra que en verdad me chocó: polillas.
Y no eran sólo las polillas lo que chocaba. Eran las polillas en relación consecutiva con la muerte, y el Termidor.
Polillas, muerte y Termidor.
Últimamente mis trípticos tienen por momentos monjas y miedo, pero siempre, siempre tienen polillas, y muerte, y no sé por qué, al parecer, ese cocktail fatal me sabe a Termidor.