lunes, 28 de febrero de 2011

Pasándole el plumero a la Historia

Levanté la mano con más temple que miedo por fuera, gélida como un cubo de hielo en apariencia, derritiéndome por dentro. La hoja rayada tamaño oficio con las prudentes anotaciones se mantenía firme ante la inconsistencia de mi ánimo, de soslayo vigilada por mi mirada ligeramente despectiva, y yo conduje mi voz con sumo autocontrol en la pronunciación de mi meditada y sensata opinión sobre la obra de Bertolt Brecht. Siempre lo que pienso se vuelve infinitamente escueto cuando dicho. Así entonces terminó mi discurso poco luego de haber empezado, y me quedé sin saber muy bien qué hacer, sin saber portar la cara de circunstancia adecuada, como si delicadamente me hubieran quitado algo que no tenía importancia pero que yo quería conservar. En mi pecho un pequeño incendio se apagaba, con una satisfacción muda y breve. De súbito vuelvo la vista y presto atención: otro chico inmediatamente respondía a lo que yo había dicho, yendo algo más allá de mi planteo y, según juzgué, yéndose un toque de mambo. Me pareció que ya no tenía nada que ver con lo que la profesora había preguntado, me pareció por tanto bastante redundante. Sentí inoportuno el haber sido expropiada del don de la Palabra tan rápidamente por algo tan poco causal en cuanto a lo que a nosotros nos competía. Allí terminó mi veredicto sobre ese chico. Durante los días y meses siguientes mi atención se volvería a posar en él de cuando en cuando, y hoy recuerdo los instantes en que eso sucedió acompañados de la atmósfera del aula mal iluminada, húmeda, de paredes amarillentas, habitada por un cuerpo estudiantil en el que yo me movía como una sombra sin hablar, alentando apenas imaginaciones sobre los demás, sobre cómo eran o debían ser por dentro, adivinando universos enteros en el detalle de unas cejas, en lo acalorado de un par de palabras demasiado apasionadas. La docente aposentada en el hemisferio orgulloso de su escritorio y de su gran sistema de valores, sistema gruñón pero sin dientes, en el fondo no más que tradicional. Su cara de viejo perro malo, su facultad absoluta de proferir la poderosa mirada del viejo perro malo, conferida a sí por sí. Y yo apretando un poco más los brazos contra mi cuerpo cohibido debajo de la ropa de invierno, sintiendo mis piernas apoyadas una sobre la otra, luchando por hacer durar el sabroso recreo de ahogar la monotonía académica en el café. Ya en ese entonces esa realidad me sabía profundamente a tristeza, y aún así me era enormemente entrañable. Mi última época de ir a clases todos los días a las siete y media de la mañana y cumplir el papel de la chica aplicada fue a la vez mi última época de tratar de encontrar, en esos laberintos peludos que con tanta responsabilidad, fervor y extrañeza estudié, un último fuego que escoger y alimentar.