El señor que me engendró entró a la librería del shopping de Pilar y se sorprendió de verme a mí, su hija, inmersa en una charla con los vendedores. "Con qué poco se levanta en una librería", exclamó con la sorna habitual cuando yo, su hija, le conté que uno de los vendedores me había contado que tenía una compañera de francés que estuvo presente en la mismísima clase en que se conocieron Jorge Luis y María, Borges y Kodama.
De todo corazón pondría mi empeño y mi alma en hacer de éste un escrito interesante, o al menos algo que se le parezca, pero se me va a hacer muy difícil si siguen sonando los compases contundentes de esa cumbia cachenguera que tiene Cristina de ringtone cada dos por tres.
Se detuvo la cumbia, prosigo. Los ojos del vendedor se pusieron como platos cuando, al disponerse él a apuntarme el nombre de un libro de Mijail Bajtin que me ayudaría en la lectura de François Rabelais, yo le dije que ya lo tenía. Ahora entonces, papá, te digo con sincero orgullo que en efecto no tengo el número de teléfono del simpático vendedor porque, en primer lugar, no intentó dármelo y, en segundo, porque si eso que no escribió quiso ser un intento de hacerlo mi sapiencia lo trastocó.
Justamente, yo estaba buscando a Rabelais, que sabe hacerse difícil de encontrar. Y cuando lo encontré no encontré la plata para pagarlo, por lo que esperé hasta que mi papá me encontró a mí hablando con los vendedores, y me alcanzó unos mangos. Y sin embargo, hasta hacía pocos minutos la espera que me retenía en la librería no se había ido diluyendo tanto en la conversación con los dos muchachitos como en la lectura caprichosa de un cuento de un escritor que lleva por nombre Charles, y de cuyo cuento osé robar hoy el nombre para caprichosa poner un título, y empezar a hablar.