Los árboles, los autos que pasan, la calle, el frío, las hojas secas, el mejor amarillo a lo Wes Anderson; el otoño, en definitiva.
Los pensamientos, la pizca de sal en mi boca y de remordimiento, el asiento del taxi, la noche más inconmensurable, las carpetas incautas en mis brazos, las llaves que se agitan en mi mano, mis ojos cansados, el recuerdo, las horas, demasiado, basta.
Se mueve, va llegando, ya casi, cada vez más cerca, por allá, acá está bien, tomá, cobrame doce, adiós señorita, el ruido de la puerta que se cierra, la distancia que recorren mis pasos, el piso gris, el tintineo metálico del cerrojo, el pasillo.
Y la familia, el hogar, la cena, el calor, la sonrisa de mamá, algún programa que no quiero ver.
Y con mucho menos ya me alcanza, con ir de llanto en risa, de estación en estación.