Digamos que:
no está bueno que tu abuela te llame por teléfono cuando estás en clase, pero sí lo está tener la sabia costumbre de poner el celular en silencio siempre. Entonces, lo que no está bueno es que la nona te deje un mensaje en el buzón de voz pidiéndote por favor, con tono grave y apesadumbrado, que le expliques cómo prender los parlantes de la computadora.
Otra cosa:
me puse a llorar porque no me pude comprar un libro.
Y sigo:
en mi pieza no se puede caminar, está llena de cajas y pilas de cosas, apenas si entro. Por lo tanto lloré un poquito más. Pero en la pieza sólo cayeron las últimas lágrimas, que fueron unas pocas en comparación con las primeras, las de la explosión repentina inicial, perlitas que me humedecieron los ojos y los cachetes mientras permanecía encerrada en el baño frío, apretando muy fuerte los párpados como si deseara reventar de una todas mis neuronas.
Te cuento:
mi caballo blanco se pelea con mi caballo negro, y Platón es un facho pelotudo.
Pero lo que sí:
está bárbaro meterte en una librería concheta y encontrar una joyita por seis pesos, de una editorial que se la banca. Y que aún te sobren unos mangos para un café de Marcelo, adorable hombre alto que ya no tiene rastas.
Ya sé, me copé sobremanera con lo azaroso de este tibio confesionario de martes otoñal.
Sin embargo:
no creo que hacer caso omiso a mis impulsos sea sensato, y, aunque sí lo fuese, no lo voy a hacer. Voy a escuchar mis impulsos, y vamos a charlar con la almohada.
Por último:
dejemos las cosas claras, vos y yo. Me viste contenta y me pegaste durísimo, junio.