lunes, 20 de septiembre de 2010

Especificando invisibilidades ya dadas de antemano

Un cable a la luna es un pretexto para la infantilada orgullosa de serlo. Hablo de razones manufacturadas para justificar el hábito de hacerme un nido muy calmo entre las sábanas sucias de mi cama, llenas de pelos de gato y de pulgas, siempre de madrugada, y leer las mil y una metáforas limadísimas de Lugones sobre el satélite que alumbra nuestra oscuridad.
Un cable a la luna es un pretexto para escribir la pared blanca de mi habitación con birome y que venga alguien de afuera a decirme que soy una mencha.
El sol que entra por la ventana de este onceavo piso -ya tan aludido, argh- es recuerdo de relojes y rutinas que se desempolvan y despiertan cuando la luna se terminó de esconder.
El rumor del motor de la máquina es un aviso de que estoy dejando de hacer muchas cosas, por hacer una que es el vértice y el motivo de todo el no hacer.
Una naturaleza tan aparentemente despreocupada no es sino el velo de una indiferencia preocupante y preocupada. Sumo los pequeños olvidos de mis menstruaciones, de los cumpleaños ajenos, de la ropa que usé ayer.
Caducen los propósitos de mi afán pretendidamente responsable en el arbitrio de un paseo por el parque Oliverio Girondo, cruzando la avenida Macedonio Fernández.
La longitud es una supuesta concatenación de tranquilidades.
El umbral ulterior es el desenlace de lo que nunca se va a desenredar.
La tregua con lo que dejé de hacer.