¡Marioneta!
Mis hilos me pueden.
Hoy es viernes, no me gusta admitirlo. No me gusta admitir que no fui al dentista, que hiberné sentada por horas, que no soy lo suficientemente autodidacta como quisiera.
Algunos momentos de llanto y reproche a la vida me son una bisagra. Pum, todo cambió, nada es lo mismo. Pero hoy es viernes y la bisagra se quebró el jueves, y desde el jueves el tiempo no pareció pasar. Hoy parece el miércoles anterior.
¡Marioneta!
Me enredo con mis hilos.
Un, dos, tres, respirar.
No se puede seguir la pretensión de que la vida marcha en un andar de programas de televisión y tazas de café.
Ante el abismo de lo trascendente me acobijo en lo nimio. Por instantes parece que mi salvación yace en cortarme las uñas de los pies. Por instantes parece que mi felicidad se encuentra en quedarme quietita y que me ceben un mate.
¡Tanta azúcar no! ¡Tanta azúcar no!
Algunos se van al carajo. Otros nos vamos ya tan lejos pasando el carajo que no lo podemos ver más, el carajo nos es un recuerdo.
Pero no chamuyo, hay quien pone demasiada azúcar al mate.
En la clase de cierto profesor de palabras galopantes y cigarrillos fervorosos una niña me cebaba por cortesía de princesas un mate de goma color lavanda. No es que quiera profesar elegancias cromáticas, pero el objeto era de ese color. Ni celeste ni lila. Lavanda. Está bien cortar la amargura con una cucharadita de azúcar, coincido, mas el concepto implica cortar, no abastecer. La princesita volcaba una montaña de azúcar por integrante de la ronda. ¡Basta, basta! Yo no soy de Mattel.
Vale, puede que el mate no sea el cáliz de la gloria ni la receta del éxito.
¡El mate es un momento, Marioneta!
Igual que el agua calentándose en la pava cuando me pregunto si acaso me pasé; un momento, apenas. Lo que dura un caramelo, lo que dura Madame Tutli Putli, lo que dura una roñosa sesión de besuqueo en plena calle con un muchacho de dientes puntiagudos. La alegría, la calma y el mate son algo muy breve, duran diez años o una hora, parecen un minuto. Parecen durar un minuto como parecen durar los ojos verdes de él mirándome. Sus ojos hechiceros son un minuto de éxtasis y siglos de tormento. Odio estar prendada de su fantasía y su misterio.
¡Cuándo más marioneta! Cuándo más marioneta que con él.
No veo mis hilos pero los siento, me conocen. Pero los hilos no se dejan tocar, no logro agarrarlos. Me muevo según su fallo. Y me la paso hablándoles. Hilos esto, hilos lo otro. Cables, piolines, escuchen. Sé que no será éste el último viernes que parezca miércoles. Sé que faltan muchas bisagras que perder y volver a encontrar. Pero no es justo que la sanidad sucumba en dos meros ojos verdes, séanme piadosos, acepto la frustración de los corpiños sin relleno, de mis libros sin leer y el mate lavanda, pero tengan sentido común, obedezco su mandato, no riño, sólo pido no más ojos verdes, no más misterio. Hilachas queridas, no sigan permitiendo que sus directrices me acerquen siempre, pero siempre, a él.