(O la consecuencia del recuerdo fugaz de un muchacho que me vuela los pelos y cuyo verdadero nombre reemplazo porque no me quiero mear de vergüenza)
–¿Y si es a propósito? –Martín le entraba un poco más al tinto y me miró con una chispa en los ojos, un impulso de agudeza le surge todo el tiempo por más frula que arrastre en su mirada lenta, en el temblor de sus manos. Martín es alguien en cuyo abrazo me dejaría caer con pompa a lo Vivien Leigh.
Atravesado por la óptica durísima de lo objetivo, lo que dije era bastante burro. Martín sonreía traicionero, distraído. Me rascaba la suciedad de las uñas mirando una pelusa en su camisa a cuadros y fingí no pensar en lo que había dicho, y sí, lo que yo sostenía era bastante burro.
Una burrada en el montón, la Burrada se pone numerosísimas máscaras, se disfraza de miopía. En efecto tengo Burrada y tengo miopía, también tengo un capricho con alguien, Martín, pero es mi amigo, no da, tengo caprichito y no tengo lentes con la graduación justa, tengo los anteojos rotos, vista limitada y una ventana enorme en mi pieza que da al patio, por la cual sería hermoso ver la nitidez puntillosa del cuerpo de las plantas, iluminadas por el sol, mas no. Sería hermoso que estuviese Martín.
¡Pero cortando con el susodicho, carajo!
Pensaré en algo feo que me haga olvidar. Pensaré muchas cositas arbitrarias, no lloraré mi miopía.
¿Cuánto hace que no te ejercitás? Admitilo, eras desastrosa en gimnasia en el colegio, timorata entre las adolescentes sudorosas galopando como indio en el malón, te daba miedo ver una pelota. Ya pasaron dos años, chica lánguida que duerme poco, las cosas no pueden haber cambiado demasiado para bien.
Mayonesa, pensá. Desde la época en que tenías pequeñísimos bucles y medías lo que un ficus no te gustó nunca la mayonesa.
Pan con mayonesa.
Palmitos con mayonesa.
Alcachofa con palmitos con mayonesa con un sorongo.
Me rajé en el tren del sinsentido, disculpe. Sigo siendo miope.
La histeria de mujer frustrada invita lo innecesario, el desatino, me pongo pesada. Casi tanto como lo sería morfarme ahora mismo un chocolate, toda esta pelota es bien cliché. ¡Me la vuelo con él! No quieran extirpármelo, mi cliché es un apéndice al final de un intestino de cosas, al final de los libros, el calendario y la mofada, innecesario y precioso. Podría hablar de Martín, revelar su identidad, no sorprendería mucho a nadie, podría transcribir de forma más veraz la conversación, también puedo poner media pila y hacerme lugar en esta cama deshecha llena de hojas. Entretéjanse realidad y ficción aquí, podría hacer muchas cosas, primero y principal intentar algo que no sea el cliché, pero sucede que no es la intención.
Venga, Cliché, sigamé.
Voy a mostrarle ahora el sendero de mis espejos rotos, compañero, un laberinto de poemas escritos en servilleta y ecos oscuros de naranjo en flor.
Me gusta ese tajo
que ayer conocí
En cierto canal que sí pasa música, un roñoso cantaba con gusto a pescado. Me atrapaban la pesadez de la penumbra y su pose de león. Mientras él rasgaba con zarpazo lento el aire me deleité, volaba, qué pensaría, no sé.
Terminó el tema y mi dedo buscó en el remoto, fui a dar con otra escena de sombras, pero la que ronroneaba esta vez en una escala de grises era mujer. Sentada en su silla y como una efigie de humo, ronroneaba. El pelo corto delineaba el contorno de su cabeza delicada, ronroneó.
El timbre de Elis Regina disparaba esa misma melodía la tarde que yo desmenucé telarañas en la edición de tapa dura de Saer, en la librería. El recinto no podía ser otro que el Pez Volador.
Miré con insistencia las fértiles rastas del chico que atendía, me escabullí por el pequeño pasillo hacia el fondo del gran cuchitril para no mirarlas más. El fondito, decía un cartel con firuletes tangueros anunciándolo. El fondito era un rincón chico y mistérico, lo adoré.
Salí de la librería con paso holgado, vagabunda, llegué a la parada como quien no quiere llegar. Lo miré. Eran sus rastas, el muchachito, me miró él también. Tardó en venir a hablarme lo suficiente como para acortar mucho la distancia entre nosotros y el bondi, el bondi llegó. Nuestra conversación quedó tijereteada, las palabras pendían como retazos de tela en el aire cuando me subí, y qué se le iba a hacer. Seguramente lo apabullé al hablar tan rápido, de cualquier forma.
Fe de erratas: el muchacho en verdad no tiene rastas.
Venga, Cliché, sientesé.
Conmigo.
No tengo muchos amigos que invitar a tomar el té en este momento, pero es bella la madrugada, me lo dice mi piel. Que se me acerque, correligionario, no se asuste que no muerdo, apenas si hundo un colmillo al calor de mi té.
–Me parece que tendría que enojarse menos con los borrachos tristes y con la gente bella, compañera.
–Me parece que tiene usted razón.
–¿Siempre toma el té en la madrugada?
–No conozco bien los otros momentos del día, vio. Pero tampoco soy de tomar mucho té.
–¿Se quiere hacer la inglesa?
–¿Con el sinsentido o con el té?
–Son ambos lados de una misma cosa, señorita, ¿no cree?
–Definitivamente, señor Cliché.
–Fijesé la hora, caramba, me urge visitar a un par de insomnes más.
–¿No soy suficiente para usted?
–Princesa, usted no es suficiente para casi nada.
–Lo sé, lo sé. Mande saludos de mi parte a Fatiga, Cliché.
–Le manda saludos Burrada a usted, señorita Montiel.
–No demore en volver, compañero.
–No lo haré, Montiel.
–Que tenga buenas noches, señor Té.
–Mejores que la Luna, creamé.
Te gusta ese tajo
que ayer no conociste
Scratch, scratch, rasca la puerta. Entra mi gata a mi habitación y se rompe en pedazos la escritura. Tilín, tilín, destellos del recuerdo de Martín parpadean alrededor. Ay, puta, mi gata se abalanza, me ofusca la idea del muchacho cuyo nombre real hoy no mencioné. Las ideas no se sienten con los dedos, y hace frío esta noche, y no puedo invitar una idea a la cama. La idea no se convertirá en mi cucharita hoy, pero empaña como un lamento de Psique las sábanas, y es menester dormir. Acabo de tener un déja vù.
12/8/10