Y básicamente la certeza se vuelve una cosa muy parecida a pensar que debe haber algo de inevitable y de brujería en que me acueste siempre a la misma hora maldita. La veo acercarse minuto a minuto. Me asusta, porque sé que seguro esconde una verdad.
Y básicamente lo corriente se vuelve el que me duela el culo de tanto estar sentada, el que mis ojos estén cansados de mirar mucho y ver muy poco, y el desparpajo de estar usando una remera con la cara de Marlon Brando cuando nadie más que yo la puede ver. Cuando no hago más que dormir despierta.
Asuntos que se vuelven tan indeseables como obligados al dar en la cuenta de que la tertulia se convirtió en yo sola con mis casi veinte años a cuestas hablando frente a un pote de ensalada de frutas que tal vez ni quiero comer.
Se acerca la hora. No quiero seguir pensando en eso. Digo, en que tal vez algo tan simple y esquivado como comer se acerque, peligrosamente, a algo lejano como despertar.