La simultaneidad me lastima. Los cigarrillos, también. El agua que chorrea de mi nariz, mucho. Las voces de la gente que habla fuerte, ni hablar. Bostezos, estornudos, canturreos, exclamaciones, cuestionamientos, los platos y las ollas que se caen al piso. Catarro, pedos, portazos, llamados de atención. El noticiero me lastima. La soledad compartida, mi apatía hacia las cosas, mi apatía hacia el poner un freno a mi aceptación poco cojonuda de la influencia de los demás sobre mí y sobre las cosas. Los besos en la frente. El consenso previo con el mundo en cuanto a mis acciones. Mis movimientos acordonados, mis pasos permitidos. Mis lugares autorizados. ¡Implosiones! El hecho de que una canción que escuché gustosa hace mucho tiempo suene ahora sólo de casualidad. Las llagas en la boca. El recuento de las frustraciones pasadas. El recuento de las frustraciones presentes, madres futuras de frustraciones que vendrán. La panza que se asoma por el pantalón. Las piernas que me duelen por dos motivos bien distintos pero igual de vergonzosos. Los trapos sucios en exhibición. Los otros trapos sucios, los escondidos; la conciencia de esos trapos. Un recuerdo: el sol que entra por la ventana de la casa de I. y cortarme las uñas sobre la alfombra, mientras ella prepara mate y yo sumo minutos a la resaca vigente. ¡Macanudo! La barba blanca de un hombre que con lo que gana en el juego se gana la vida; Rayuela me duele. Se empiezan a alzar los bordes de mi piélago.
Repaso las consideraciones sobre mi dudosa postura con respecto al cigarrillo: no fumo, sólo he fumado estando locamente nerviosa, locamente alcoholizada o locamente triste, sólo una vez estuve sobria y tranquila y deseé un cigarrillo porque sí, me inquieté un poco por ello. Me reafirmo que adhiero a todo lo dicho para revivir un antiguo despecho hacia el tabaco que calle la incipiente y peligrosa envidia hacia la sagrada institución del cigarrillo después de comer. ¡Quiero chocolate! No fumo, desprecio el cigarrillo, muchas si no la mayoría de las veces lo detesto profundamente, trato de soportarlo, de ser tolerante. ¡Pero soy golosa y ya comí! Y después de la cena me sobreviene la desesperación, el vacío y la desesperación por llenar ese vacío. Si fumara me podría obsequiar un cigarrillo de postre y ese postre estaría siempre más al alcance de mis manos. Siempre hay puchos en mi casa. No voy a ir a un quiosco a estas horas, no voy a pasear de noche por este vecindario. Me como el último chocolatín. Mientras, mis ojos hacen escala en una y otra pantalla, mi pereza repite los mismos viejos malos hábitos y finalmente mis dedos empiezan a juguetear con el aire. Me terminé el chocolatín. ¡Soy una desgraciada no fumadora hambrienta de azúcar que se terminó harto pronto su único chocolatín! ¿Café? ¿Té de peperina, leche con miel, serú girán? Infusiones e ideas que se me ocurren demasiado tarde. Accedo desacatadamente a la que declaro apresuradamente mi última opción, mezclo carbohidratos con neuronas, recuerdo uno a uno los compromisos de mañana, me aseguro que me haré cargo responsablemente de cada uno de los compromisos de mañana, decido que irrumpiré cual monstruo mitológico en las oficinas del registro nacional de las personas y me las haré con mi documento nacional de identidad a como dé lugar, pienso en las constancias electorales que ya no tengo y nunca más tendré. Me lamo en las yemas los restos de fruta deshidratada.