miércoles, 6 de abril de 2011

Para aquel a quien también le guste la muerte.

Era la misma dentista que un día, habiendo descubierto que mi muela de juicio estaba posicionada endiabladamente al revés, y tras discutir otras rarezas de mi arquitectura dental, me dijo: "No sos rara, sos diferente". En el consultorio privado que se construyó en la entrada de su casa me he atendido más de una vez con los músculos tensos por el miedo y los ojos clavados dramáticamente en una serie de tres cuadros idénticos que retratan en blanco y negro la constelación de ramas de un grupo de árboles vistos desde abajo. Todo siempre sobre un telón de música ambiental. Esta dentista no era otra que aquella que cierta semana en el pasado me llamó muñequita, piojo, intelectualoide, y me abrazó para que dejase de llorar.

La cuestión era que tenía turno a la mañana y las mañanas me son odiosas. Pero un nudo en mi estómago me había mantenido en vela la noche anterior, esbozando apenas sueños no concluidos, truncos, desperdicios del vaivén incesante entre el dormir y el despertar, la fantasía y la vigilia. Así, cuando alguna imaginación se volvía interesante, me acordaba súbitamente de que sólo estaba soñando, abría los ojos y miraba el despertador. Y entonces, cuando miraba el despertador, los párpados cedían y una mano enloquecida desde el anonimato me agarraba de los pelos y me arrastraba por la inmensidad de un espacio no geográfico y no cognoscible hacia la ensoñación otra vez. Y yo pensaba: "¡Volar!", y mi cuerpo se alzaba muy alto, y cada vez más, hasta que otra vez recordaba que estaba soñando, y todo volvía a comenzar.

Con esto concluyo la aseveración de que no dormí muy bien la noche antes de ir a la dentista. Aquella que me llamó piojo, "diferente", aquella que me consoló al llorar. Por el hecho de haber dormido a medias me levanté con mucha decisión e incluso con tiempo de sobra cuando se anunció triunfal y mezquina la mañana. El nudo en el estómago persistiría en convivencia con una actitud por lo demás bastante positiva, lúcida y emprendedora. Fui a la dentista. Luego, las jaurías de autos rabiosos por 3 de Febrero se despedirían de mí y yo llegaría de vuelta a casa sin ya tarjeta de colectivo. El almuerzo hundió un bache en mi rutina. El momento a solas con mi introspección, mis dudas y la comida, contando los segundos tirada en el sillón. Comiendo. Como quien no se entera de que está llevando a cabo el acto de comer.

Terminado el bache, el almuerzo, me supe ir. Sólo para pronto encontrarme en una escena de forcejeos en el parque entre dos rivalidades: mi cabeza que observaba el paisaje y leía en él lo espeluznante de un fragmento de "El Túnel", y un señor sentado en un banco haciéndome ademanes en inocente tentativa de iniciar conversación.
"¿Usted qué estudia?"
"Letras."
"¡Por Dios! ¿Y escribe?"
"Sí."
"Ah, y digamé, ¿usted podría dedicarme un escrito alguna vez que vuelva a pasar por aquí?"
Tras felizmente prometérselo me despedí, me fui a sentar y Sábato se desvaneció un poco.
La historia más o menos siguió así: mosquitos en bandadas comiéndome la piel, minutos breves, alguien que se acerca.
"¡Ey! ¿Cómo andás? No llueve."
Y partir hacia un lugar mejor.